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El Pacto de Sangre – Capítulo 11

pacto de sangre 11

Capítulo 11

El sacrificio único

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. (Hebreos 10:12)

El sacrificio único de Jesús lo cambió todo para los creyentes judíos.

Este nuevo pacto significaba un cambio en el sacerdocio que probablemente dejó a muchos israelitas sintiéndose como “sin techo” al salir de la seguridad y la tradición del templo para predicar en las calles o asistir a pequeñas reuniones en las casas.

El nuevo pacto puso fin al sacrificio de animales como sacrificios de sangre en el Lugar Santísimo. Fue el final del día de la expiación, el día anual de humillación y expiación por los pecados de la nación, cuando el sumo sacerdote apartaba sus ornamentos oficiales y llevaba consigo la sangre sacrificial al Lugar Santísimo para hacer sacrificios por él mismo, por el sacerdocio y por todo el pueblo.

Fue el final de la práctica de seleccionar dos machos cabríos, uno para sacrificarlo a Jehová y otro para convertirlo en el chivo expiatorio que llevaría los pecados del pueblo al desierto.

Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. (Marcos 15:37–38)

Cuando Jesús murió, el velo que separaba el Lugar Santísimo, donde se derramaba la sangre sacrificial sobre el propiciatorio, del resto del templo, se rasgó en dos. Ese fue el final de la existencia del Lugar Santísimo en la tierra. Fue el comienzo de un nuevo pacto en la sangre de Jesús.

Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:28)

Aquí, el apóstol Pablo dejó claro que la sangre de Jesús también era la sangre de Dios.

Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:11–12)

Jesús llevó esta sangre divina al Lugar Santísimo en un nuevo tabernáculo, uno no hecho a mano sino en el cielo. Fue un sacrificio único.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 5

pacto de sangre 5

Capítulo 5

El sacrificio de Abraham

Y [Dios] dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Génesis 22:2)

Este fue el mandamiento más aterrador de Dios que Abraham recibió mientras estaba paralizado en la presencia de Dios. No hubo vacilación por parte de Abraham.

Piense en lo que eso significaba para él. Abraham y Sara eran ancianos. Abraham tenía casi cien años de edad, y Sara tenía noventa años. Según la ciencia y la biología, era imposible que ellos pudieran convertirse en padres de un niño. Incluso la Escritura confirmaba esto: “Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres” (Génesis 18:11).

Pero, como parte de su pacto, Dios le había prometido a Abraham un hijo.

A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella. Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?… Respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. (Génesis 17:15–17, 19)

El apóstol Pablo escribió:

Y [Abraham] no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. (Romanos 4:19–21)

Abraham “tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe”. Abraham creyó a Dios.

Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho. Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac. (Génesis 21:1–3)

El niño creció y se convirtió en un joven, hasta que un día, Dios lo pidió.

Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Génesis 22:2)

Abraham no dudó, aunque eso significaba renunciar a lo que tanto había querido, pero emprendió con el joven un viaje de tres días y tres noches.

Al llegar al monte Moriah, construyeron juntos el altar.

Abraham puso a Isaac sobre el altar y alzó un cuchillo para sacrificarle justamente cuando el ángel del Señor intervino, diciendo: “Abraham, Abraham… No extiendas tu mano sobre el muchacho” (Génesis 22:11–12).

Dios había encontrado a un hombre que guardó el pacto.

Después, el ángel volvió a hablar, diciendo:

Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. (versículos 16–17)

Observe que Dios dijo: “Por mí mismo he jurado”. Esto es lo más solemne que un hombre puede imaginar.

Abraham había demostrado ser digno de la confianza de Dios.

El Dios que guarda el pacto

Antes de que esto ocurriera, cuando Dios estaba a punto de destruir Sodoma y Gomorra, Abraham apeló al Creador de una manera que deja estupefacta a la imaginación. Abraham preguntó: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).

Después, Abraham comenzó a rogar por cualquier justo que pudiera haber en la ciudad. Dios permitió que Abraham, sobre la base de su relación de pacto de sangre, se convirtiera en un intercesor por las ciudades malvadas de Sodoma y Gomorra.

Cuando Abraham entró en el pacto, obtuvo el derecho a arbitrar entre los hombres malos de la tierra y el Dios de toda la creación.

Abraham estableció un precedente de intercesión sobre la base del pacto de sangre, un precedente que se ha mantenido a lo largo de los siglos.

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