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El Pacto de Sangre – Conclusión

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Conclusión

La necesidad de la hora

Estoy convencido de que este es el mensaje de la undécima hora, un mensaje para la iglesia hoy.

En los difíciles tiempos que tenemos por delante, vamos a necesitar todo lo que Dios pueda darnos, todo lo que Él pueda ser para nosotros, para poder estar firmes.

Verán, hermanos, esta enseñanza del pacto de sangre, esta enseñanza de relación, esta capacidad de usar el nombre de Jesús, es un mensaje para los tiempos que vienen. Nos permitirá estar firmes contra las fuerzas de las tinieblas.

En la Gran Comisión, en el evangelio de Marcos, Jesús dijo: “En mi nombre echarán fuera demonios” (Marcos 16:17). Creo que en los últimos tiempos los demonios van a ser mucho más prominentes.

Satanás sabe que sus días están limitados. Vamos a pasar a un periodo de conflicto espiritual como nunca antes ha conocido la iglesia. Esto no sólo incluirá persecución, sino también que los demonios romperán y aplastarán el espíritu de muchos cristianos.

La iglesia debe aprender el secreto de estar firme contra los ejércitos de las tinieblas en el nombre de Jesús.

El Pacto de Sangre

Tengo derecho a la gracia en el lugar más difícil,
sobre la base del pacto de sangre.
Tengo derecho a una paz que nunca puede cesar,
sobre la base del pacto de sangre.
Tengo derecho a un gozo que nunca puede empalagar,
sobre la base del pacto de sangre.
Tengo derecho al poder, sí, en esta misma hora,
sobre la base del pacto de sangre.
Tengo derecho a la sanidad mediante las riquezas de mi Padre,
sobre la base del pacto de sangre.
Cuando acepto mi sanidad, el poder de Satanás se tiene que romper,
sobre la base del pacto de sangre.
Tengo un derecho legal ahora, para ganar esta batalla,
sobre la base del pacto de sangre.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 18

pacto de sangre 18

Capítulo 18

Lo que enseña la comunión

Hay dos características destacadas de Dios Padre y de Jesús. De hecho, son mucho más que características; son parte de su carácter.

Amor

Dios es amor. No sólo es un Dios amoroso, sino que también es Dios Padre. Él habló, y se formó el universo. Cuando la humanidad se desvió, Dios creyó que podía hacerle regresar, que el desafío del amor le alcanzaría. Creyó que la humanidad podía convertirse en nueva criatura, y continúa creyendo que las personas pueden vivir en victoria hoy.

Dios es Dios Padre; Jesús es como su Padre. Jesús vino al mundo para presentarnos a su Padre y el amor de su Padre. Fue una presentación de un nuevo tipo de amor para una humanidad rota y a la deriva.

El amor es el único atractivo universal para el hombre. El amor es un atractivo para el corazón del hombre. La fe es un atractivo para la imaginación del hombre, pero el amor es el verdadero atractivo.

Porque de tal manera amor Dios al mundo, que ha dado a su Dijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna.(Juan 3:16)

Jesús nos amó tanto que dio su vida por nosotros.

Fe

Jesús creyó como el Padre creyó. Jesús actuó en base a su fe. Creyó que si se convertía en nuestro sustituto, nosotros responderíamos. Creyó que si le demostraba al mundo que nos amaba tanto como para sufrir tormentos y morir por nosotros, habría una respuesta.

Actuó en base a su fe. Él tiene fe en la humanidad actualmente. Tiene fe en la iglesia. Tiene fe en que su propia Palabra viva vencerá. Tiene fe en el amor.

Cuando participamos de la comunión, es una confesión de nuestra fe y lealtad al amor, así como la entrega del Padre de Jesús fue una confesión de su amor. El que Jesús viniera y se diera a sí mismo por nosotros fue una confesión de su amor.

Ambos fueron leales al amor.

Así, pues, todas las veces que comer es este pan, y de viereis esta copa, la muerte del Señor anuncia es hasta que el venga. (1 Corintios 11:26)

Fue un pacto. Cuando usted come el pan y bebe de la copa, está ratificando este pacto. Es un pacto de amor.

Primero, es su lealtad y amor por Jesús.

Segundo, es su lealtad y amor por su cuerpo:la iglesia.

Es una confesión de su amor los unos por los otros. Es una confesión de que come y bebe con ellos, y ahora, llevará usted sus cargas.

Usted se identifica con los demás, así como Jesucristo se identificó con usted en su encarnación y sustitución.

Esta es la actitud del Maestro en cuanto a la Mesa del Señor.

Cuando parto el pan y bebo de la copa, confieso mi lealtad no sólo a Él, sino también a cada miembro del cuerpo de Cristo que participa del pan y bebe de la copa conmigo. Si soy fuerte, llevo las cargas del débil. Adquiero su debilidad.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 16

pacto de sangre 16

Capítulo 16

Bajo sus pies

Este es el clímax de la obra redentora de Cristo:

Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.(Efesios 1:19–23)

Hemos visto a Jesús después de la resurrección, exaltado en el trono más alto del universo con todo dominio, autoridad y poder bajo sus pies. Todo lo que está bajo sus pies está bajo los nuestros. Su victoria es nuestra victoria.

No tiene sentido que Cristo viniera y sufriera esa tremenda lucha por nuestra redención a menos que fuera para nosotros. No necesitaba hacerlo para Él mismo. Lo que hizo para nosotros es nuestro. Lo único que tenemos que hacer es tomarlo. Él no hizo ese trabajo para bloquearlo y mantenerlo lejos de nosotros, repartiéndolo sólo a unos pocos.

Por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en el. (2 Corintios 5:21)

En su redención recibimos una justicia perfecta. Esta justicia nos permite entrar confiadamente al trono de gracia. Esta justicia nos permite disfrutar de la plenitud de nuestros derechos en Cristo.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Esta es la base de nuestra justicia. Mediante su obra en la cruz, su muerte y su resurrección, Jesús consiguió la paz. Resucitó porque había conquistado a nuestros enemigos, había derrotado a los que nos tenían esclavos.

Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. (Colosenses :15)

Sabemos que el Padre planeó nuestra redención (véase Juan 3:16).

Sabemos que Jesús llevó a cabo ese plan (véase Efesios 1:7; 1 Pedro 2:24).

De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene la vida eterna. (Juan 6:47)

Creo que este plan fue llevado a cabo y que tengo vida eterna. Creo que por su llaga soy sanado (véase Isaías 53:5), y creo que por su gracia soy más que vencedor (véase Romanos 8:37).

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.(1 Juan 5:13)

Si tengo vida eterna, tengo sanidad.

Tengo todas mis necesidades cubiertas, así que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

No necesito batallar; no tengo que hacer largas y agónicas oraciones; no necesito ayunar para sentirme digno.

¡Es mío!

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual. (Efesios 1:3)

¿Cómo obtengo estas bendiciones?

Lo único que tiene que hacer es pedir y luego darle gracias a Él por ellas.

El agradecimiento abre la puerta; la alabanza la mantiene abierta.

Durante años nos han enseñado que debemos luchar, sufrir y clamar para recibir la respuesta. Todo eso es el trabajo de la incredulidad. Se desarrolla debido a nuestra ignorancia de la Palabra y de nuestros derechos en Cristo.

Así que, ninguno se gloria en los hombres; porque todo es vuestro. (1 Corintios 3:21)

Y vosotros estáis completos en el, que es la cabeza de todo principado y potestad. (Colosenses 2:10)

Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia. (Efesios 1:22)

Satanás ha sido vencido. Somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. No tenemos necesidad de rogar y llorar. Hacerlo deshonra al Padre.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 15

pacto de sangre 15

Capítulo 15

La redención es a través de Dios

Cuando nos aferramos a la horrible imagen de la obra terminada de Satanás, nuestro corazón clama: “¿Quién puede? ¿Quién tiene la capacidad de suplir la necesidad del hombre en una situación tan difícil como esta?”.

Gracias a Dios, existe una respuesta.

Cuando Dios vio la condición de la humanidad, inmediatamente comenzó a preparar una provisión para nuestra redención.

Él sabía que la humanidad no podría redimirse a sí misma; sabía que la humanidad no tenía la capacidad de llegar hasta su trono.

Por eso, primero Dios le dio a la humanidad el pacto abrahámico. Después, cuando los descendientes de Abraham se convirtieron en una nación, Dios les dio la ley del pacto, la cual incluía el sacerdocio, la expiación y los sacrificios y ofrendas del pacto. Todas esas cosas le fueron dadas a Israel como preparación de lo que vendría, porque de esta nación vendría el DiosHombre encarnado, que haría dos cosas:

En primer lugar, rompería el poder de Satanás, para redimir a la humanidad de su esclavitud y restaurarla a una plena justicia, por medio de la cual podría estar en la presencia del Padre del mismo modo en que lo estaba Adán antes de la caída. Esto quitaría la conciencia de culpabilidad y pecado permanentes de la humanidad.

En segundo lugar, rompería el dominio de Satanás y redimiría a la humanidad de forma tan completa que el hombre o la mujer más débil participarían de la justicia restaurada de tal forma que él o ella podrían vivir una vida de victoria total sobre el diablo.

Este Dios-Hombre (encarnado) haría un sacrificio tan completo y perfecto que Dios no sólo restauraría legalmente la justicia perdida de la humanidad, sino que también le daría a la humanidad un acceso pleno a todo su poder y su fuerza, haciendo con ello de la humanidad una creación totalmente nueva.

Así es, cuando Dios hace de la humanidad una nueva creación, imparte en ellos su propia naturaleza, sacando de ellos cualquier temor y pecado que pudiera haber. Esto está completo hasta que la humanidad puede estar en la presencia misma de Dios, soportando la radiante luz de su gracia y amor.

Una vez redimidos, podemos florecer, como lo hace una rosa bajo el sol, hasta que la plenitud del amor de Cristo venga inundando nuestro ser antes de regresar de nuevo a Él. Somos sus hijos amados.

Lector, se encuentra usted en presencia del milagro de milagros, la gracia de Dios, la cual está restaurando a la raza humana perdida, sacándola de su órbita de egoísmo, debilidad y temor y llevándola a la esfera de la fe, el amor y la vida de Dios.

Dios no sólo nos restaurará legalmente la justicia, nos redimirá y nos hará nuevas criaturas, sino que también nos dará su Espíritu Santo. El Espíritu grande y poderoso que resucitó a Jesús de los muertos vendrá a nuestros cuerpos y hará de ellos su hogar.

Y no sólo hace eso, sino que también nos da derecho legal a usar su nombre para echar fuera demonios, imponer manos sobre los enfermos para que sanen y derrotar los propósitos de Satanás.

Oh, tenemos ese nombre. Ese nombre nos hace ser como Él.

Cuando usted vive por ese nombre y camina en ese nombre, el diablo no puede distinguirle de Jesús. Tiene el nombre de Él estampado en usted.

Ah, pero Él hizo algo más.

También nos dio la revelación. Lo llamamos la Palabra, y es la Palabra del Espíritu.

Si usted ha sido redimido, el Espíritu grande y poderoso que resucitó a Jesús de los muertos ha llegado a su vida. Ahora, a través de los labios humanos, el Espíritu Santo blande esa Palabra y vence a los grandes ejércitos del infierno.

Usted es un hijo de Dios, llamado a tener comunión con Jesucristo con una justicia y libertad restauradas. Es una nueva criatura en la que habita el Espíritu Santo con la Palabra viva de Dios.

Tiene usted una comunión tan rica como jamás Adán soñó tener.

Y cuando Jesús vuelva, este cuerpo que fue hecho mortal por Satanás y el pecado recibirá inmortalidad y nunca volverá a morir. La muerte no puede amenazarnos ni llenarnos de temor. Ahora, permanecemos en toda la plenitud de su obra terminada.

Imagínese lo que será cuando las puertas de perlas se abran y nosotros, sus súbditos de amor, sus eternamente redimidos, contemplemos a nuestro Señor sentado en el trono de los siglos.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 14

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Capítulo 14

Las tres bendiciones

Encontramos tres maravillosas bendiciones en el nuevo pacto.

Justicia

En primer lugar, está la justicia que Dios imparte a cada cristiano como miembro del nuevo pacto.

Cuando usted acepta a Jesucristo como su Salvador, Dios le imparte la justicia de Cristo en el mismo instante en que nace de nuevo. Esto le da una posición en la presencia del Padre idéntica a la posición de Jesús.

Como nunca hemos conocido una libertad así, tendemos a retirarnos de esta nueva justicia que hemos encontrado. Pero después de un tiempo, toma posesión de usted. Usted comienza a ver a otros hombres y mujeres que se levantan y actúan como Jesús. Parece que no tienen conciencia de inferioridad ante el Padre, porque no tienen conciencia de pecado.

Si usted cree la Biblia (que Jesús es su justicia y que es una nueva criatura en Él), tampoco tendrá conciencia de pecado. Jesús retira el pecado por el sacrificio de sí mismo, y la única conciencia de pecado que usted tiene que tener será cuando haga algo que no es correcto. Cuando eso ocurra, puede usar la sangre y la defensa de Jesucristo.

Desgraciadamente, desde la Reforma protestante las iglesias han tenido tendencia a magnificar la conciencia de pecado. Hemos predicado del diablo; hemos predicado de nuestras propias debilidades e injusticia; hemos mantenido el pecado de las personas delante de ellas de forma tan continua, ¡que se ven a sí mismos como unas pobres y débiles lombrices de tierra!

Demasiados evangelistas vienen a nuestras iglesias queriendo lograr resultados. Predican con la intención de hacer que la congregación entera caiga bajo condenación y acuda al altar, todo para edificar su reputación ante el predicador como “gran evangelista”. Al hacerlo ¡han enseñado incredulidad! Han enseñado todo menos el evangelio de Cristo.

¿Qué es el evangelio? Es esto: que Jesús, gracias a su sacrificio sustitutorio, puede declarar que Él mismo es nuestra justicia desde el momento en que creemos en Él. Este es el milagro más sorprendente que podemos concebir: que Dios Padre imparte justicia a los creyentes en el momento en que aceptan al Señor Jesucristo como Salvador.

Para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe. (Filipenses 3:8–9)

Cuando usted aprenda a caminar como Jesús caminó, sin ninguna conciencia de inferioridad ante Dios o Satanás, ¡desarrollará una fe que asombrará al mundo!

¿Sabe lo que obstaculiza nuestra fe en la actualidad? Que antes de acudir ante el Señor, escuchamos al diablo. Por tanto, acudimos a Dios con un sentimiento de inferioridad ¡con el mensaje del diablo resonando aún en nuestros oídos! Demasiados cristianos viven en un temor continuo a Satanás. No se atreven a declarar que son libres; no se atreven a hacerle frente al diablo.

La justicia que Dios Padre nos ha impartido debería hacer que no tuviéramos temor en presencia de Satanás. Cuando dudamos de la integridad de la Palabra de Dios, le robamos a la obra de Jesucristo su eficacia, y nos quedamos sin poder ante el adversario.

La justicia de Dios nos ha sido impartida no como una “experiencia” sino como un hecho legal. Esta es la verdad más tremenda que Dios nos ha dado en la revelación paulina. El corazón del nuevo pacto es el hecho de que Dios Padre nos hace semejantes a Él.

¿Acaso no fue usted creado a su imagen y semejanza? (Véase Génesis 1:27). Esa imagen es una imagen de justicia. Si Dios declara que usted es justo, ¿qué hace usted condenándose a sí mismo?

Unión

Otra bendición que trae el pacto es su unión con Dios. Cuando Abraham y Dios cortaron el pacto, se hicieron uno. Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él” (Juan 15:5).

¿Es usted un compañero de Cristo? ¿Habita, o mora, en Cristo? ¿Habita Él en usted?

Pablo dijo: “Y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

El término teológico encarnación literalmente significa “hecho carne” o “adoptar carne”. Se refiere a Dios Padre viniendo a la tierra en la forma de un hombre, su Hijo, Jesucristo. La encarnación era Dios haciéndose uno con nosotros. El pacto de sangre le llevó a Pablo a renegar de sí mismo y adoptar profundamente a Cristo como su vida. Jesucristo dejó atrás la gloria para venir a la tierra y hacerse uno con nosotros, así como para darnos una manera de conseguir la salvación eterna.

¿No se enfrentó Jesús al diablo y le venció por nosotros? (Véase 1 Juan 3:8). ¿No le despojó Jesús de su autoridad? (Véase Colosenses 2:15) ¿No le quitó a Satanás su armadura? (Véase Lucas 11:20–22). Como cristiano, usted puede estar tan tranquilo y sin temor en la presencia del infierno mismo y del diablo mismo como lo estaría en presencia de cualquier otro ser inferior.

Porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.(1 Juan 4:4)

¿Por qué temer al diablo? ¿Por qué no estar ante el mundo como un conquistador? Usted está en una relación de pacto de sangre con el Dios Todopoderoso. Cuando nació de nuevo, entró en pacto con Él.

Los hombres fuertes de David eran símbolos de lo que podrían llegar a ser los cristianos. La Escritura nos dice que uno de sus hombres mató a ochocientos soldados enemigos en un sólo día (véase 2 Samuel 23:8).

¿Es usted partícipe de la naturaleza divina? Sí. (Véase 2 Pedro 1:4).

¿Es usted hijo de Dios? Sí. (Véase 1 Juan 3:2).

¿Le ha dado Dios Padre su justicia? Sí. (Véase Romanos 3:26).

¿Es Dios su justicia? Ciertamente. (Véase 2 Corintios 5:21).

¿Le ha dado Él derecho legal a usar el nombre de Jesús? Sin duda alguna. (Véase Juan 16:23).

¿Se da cuenta del tipo de hombre o mujer que es usted? Usted no es un enclenque. Póngase en pie como hijo de Dios que es.

Este es el reto: tenemos que vencer el efecto de las falsas enseñanzas.

Durante generaciones, muchos pastores nos han hablado y tratado como pecadores. Muchos de los antiguos himnos comienzan de manera bella, pero antes de terminar quedamos como enclenques que viven bajo la esclavitud de nuestro pecado, y nos dejan así. En casos así, Cristo pasa casi inadvertido para nosotros.

Identidad

La tercera bendición que encontramos en el nuevo pacto es la identidad. El objeto de la revelación del nuevo pacto es que sepamos quiénes y qué somos en Jesucristo.

Quizá se pregunte: “Pero, Dr. Kenyon, si usted supiera lo débil que soy”.

¿Qué dice Dios? Piense en el argumento y conclusión del libro de Hebreos: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

Mientras se mire sólo a usted, no conseguirá nada. Será como Pedro cuando intentó caminar sobre las olas con Jesús. Al principio no se hundía, pero en el instante en que apartó su mirada de Jesús y observó las olas, comenzó a hundirse (véase Mateo 14:25–31).

Usted está conectado al Dios Todopoderoso.

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios. (1 Juan 5:13)

Esto es lo que le da su posición legal ante Dios Padre, su lugar en el pacto.

Si entiendo el evangelio del Señor Jesucristo, es esto: que toda la capacidad, gloria y fortaleza del cielo están a disposición del creyente. Este es el hecho más milagroso que el mundo ha conocido jamás.

Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. (1 Pedro 4:11) Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

Su desafío para nosotros

En los últimos tiempos, creo que habrá una demostración del poder de Dios que hará que multitudes se levanten y vivan.

Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.(Romanos 5:17)

Debemos reinar como reyes a través de Cristo y con Cristo.

¿Cómo? Sólo por fe.

¿Es Dios su justicia?

Quizá responda: “Estoy intentando hacerle mi justicia”.

¿Puede usted hacerle su justicia? Si cree en Jesucristo, entonces Él ya es su justicia.

Y si Él ya es su justicia, lo único que tiene que hacer es salir al mundo y actuar en consecuencia.

Atrévase a liberar a Dios en su vida.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 13

pacto de sangre 13

Capítulo 13

Tres grandes palabras

Remisión

Esta es una de las grandes palabras del nuevo pacto. Es limpiar algo de tal forma como si nunca hubiera ocurrido. Cuando se disuelve un ejército, queda remitido, deja de existir. Cuando Dios remite nuestros pecados, también son borrados, como si nunca hubieran sucedido.

La palabra remisión nunca se usa en las Escrituras a menos que sea en conexión con el nuevo nacimiento. Al convertirnos y hacernos cristianos, nuestros pecados fueron perdonados sobre la base de nuestra relación con Cristo y su intercesión por nosotros. Cuando acudimos a Cristo como pecadores, le aceptamos como Salvador y le confesamos como Señor, todos los pecados que hubiéramos cometido son borrados. En el nuevo nacimiento, todo lo que habíamos sido deja de ser y se produce una nueva creación en lugar de la antigua.

La palabra para remisión se traduce siete veces en las Epístolas como “perdón” o “redención”. En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. (Efesios 1:7, énfasis añadido)

Podemos encontrar casos similares en Lucas 24:47, Hechos 2:38; 26:18 y Colosenses 1:13–14.

La remisión de nuestros pecados toma el lugar del chivo expiatorio que desaparecía con los pecados de Israel una vez al año bajo el antiguo pacto.

Gracias a la sangre de Cristo, nuestros pecados son remitidos, y nosotros somos recreados.

Perdón

Perdón es una palabra de relación. Ahora estoy hablando desde el punto de vista de un nuevo pacto.

Cuando el pecador acepta a Cristo como Salvador, su espíritu es recreado y sus pecados son remitidos, pero si se es ignorante, se puede permanecer con una conciencia de pecado. Sobre la base de su relación como hijo de Dios, y sobre la base del ministerio de Jesús a la diestra del Padre, encontramos el fundamento para el perdón de cualquier pecado que hayamos cometido.

Los primeros dos capítulos de 1 Juan tratan este gran asunto del perdón. Cuando un hijo de Dios comete pecado, no rompe su relación con Dios; simplemente rompe la comunión, del mismo modo que lo hacen un esposo y una esposa cuando se dicen palabras hirientes. Se rompe la armonía del hogar pero no la relación de matrimonio. En la mayoría de los casos, esta ruptura se puede restaurar pidiendo perdón. Estamos tan constituidos legalmente que podemos perdonar.

Lo mismo es cierto entre un cristiano y Dios Padre.

En el momento en que pecamos, nuestra comunión con el Padre se rompe. Pero “si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1)

Esa notable expresión “el justo” está envuelta con el maravilloso don de la gracia.

Expiación

El antiguo pacto tenía la ley, la cual llamamos la ley mosaica (el sacerdocio, los sacrificios y las ordenanzas). Cuando se quebrantó la ley (como era obvio que sucedería, ya que Israel estaba espiritualmente muerta), se ordenó el sacerdocio para hacer una “expiación” (o una cobertura) para ellos.

Los israelitas no tenían vida eterna. Eso no llegaría hasta que Jesús los redimiera (y a nosotros) mediante su encarnación, crucifixión y resurrección. La llegada de la vida eterna es el mayor acontecimiento en la experiencia de cualquier ser humano.

En el gran día de la expiación ocurrían dos cosas destacadas.

En primer lugar, rodeado de extremas precauciones, el sumo sacerdote llevaba la sangre de un animal inocente al Lugar Santísimo, donde la rociaba sobre el propiciatorio que cubría el arca del pacto que contenía la ley quebrantada. Al hacerlo, hacía que Israel estuviera cubierta por la sangre durante otro año.

Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.(Levítico 17:11)

Era la vida de un animal inocente rociada sobre la espiritualmente muerta Israel.

En segundo lugar estaba el chivo expiatorio. Aarón traspasaba los pecados de Israel sobre la cabeza del chivo expiatorio, el cual era liberado al desierto para ser devorado por las bestias salvajes. Durante otro año, Israel era libre (cubierta por la sangre) y sus pecados eran borrados.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 11

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Capítulo 11

El sacrificio único

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. (Hebreos 10:12)

El sacrificio único de Jesús lo cambió todo para los creyentes judíos.

Este nuevo pacto significaba un cambio en el sacerdocio que probablemente dejó a muchos israelitas sintiéndose como “sin techo” al salir de la seguridad y la tradición del templo para predicar en las calles o asistir a pequeñas reuniones en las casas.

El nuevo pacto puso fin al sacrificio de animales como sacrificios de sangre en el Lugar Santísimo. Fue el final del día de la expiación, el día anual de humillación y expiación por los pecados de la nación, cuando el sumo sacerdote apartaba sus ornamentos oficiales y llevaba consigo la sangre sacrificial al Lugar Santísimo para hacer sacrificios por él mismo, por el sacerdocio y por todo el pueblo.

Fue el final de la práctica de seleccionar dos machos cabríos, uno para sacrificarlo a Jehová y otro para convertirlo en el chivo expiatorio que llevaría los pecados del pueblo al desierto.

Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. (Marcos 15:37–38)

Cuando Jesús murió, el velo que separaba el Lugar Santísimo, donde se derramaba la sangre sacrificial sobre el propiciatorio, del resto del templo, se rasgó en dos. Ese fue el final de la existencia del Lugar Santísimo en la tierra. Fue el comienzo de un nuevo pacto en la sangre de Jesús.

Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:28)

Aquí, el apóstol Pablo dejó claro que la sangre de Jesús también era la sangre de Dios.

Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:11–12)

Jesús llevó esta sangre divina al Lugar Santísimo en un nuevo tabernáculo, uno no hecho a mano sino en el cielo. Fue un sacrificio único.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 10

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Capítulo 10

Un estudio de Hebreos

El libro de Hebreos presenta varios contrastes vitales.
Tenemos el contraste entre Moisés y Jesús; el de Aarón el sumo sacerdote y Jesús, el nuevo Sumo Sacerdote; y el contraste entre la sangre de los becerros y los machos cabríos con la sangre de Cristo.
No es sólo un contraste de sangre, sino, como mencioné en el capítulo anterior, es también un contraste entre dos tabernáculos: uno hecho por el hombre y otro que existe en el cielo. En este último tabernáculo, Jesús entra y se sienta como nuestro Sumo Sacerdote. Su hogar es el Lugar Santísimo celestial.

Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios. (Hebreos 9:24)

Bajo el antiguo pacto, el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo sólo una vez al año y podía estar tan sólo el tiempo suficiente para realizar la ofrenda de expiación. Los versículos 21–23 nos habla de cómo el sumo sacerdote limpiaba con sangre el tabernáculo y todos los vasos:

Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. (Hebreos 9:21–23)

Este es el clímax de todo. Esto nos permite ver el contraste entre cómo ve Dios la sangre de Cristo comparada con la sangre de los becerros y los machos cabríos. Cuando lleguemos a valorar la sangre de Cristo del mismo modo que Dios la valora, nunca cabrá en nuestra mente el problema de nuestra modesta posición ante un Dios santo.

El nuevo mediador

Bajo el antiguo pacto, la sangre de becerros y machos cabríos sólo servía para cubrir nuestra naturaleza pecaminosa, pero la sangre de Cristo “limpiará vuestras conciencias de obras muertas” (Hebreos 9:14), para que podamos estar en la presencia del Dios vivo libres de condenación.
Como Dios aceptó la sangre de Jesús cuando Él la llevó al Lugar Santísimo celestial, Jesús se ha convertido, mediante este hecho, en el mediador del nuevo pacto.

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. (1 Timoteo 2:5)

Sin un mediador, no hay ninguna base sobre la que el hombre pueda posicionarse ante un Dios santo. El hombre natural realmente es un fugitivo.
Efesios 2:12 describe esta triste condición como “sin esperanza y sin Dios en el mundo”.
Con el nuevo pacto, Jesús se convirtió en el mediador entre Dios y el hombre caído. La sangre de los becerros y los machos cabríos no eliminaba el pecado; simplemente cubría el pecado temporalmente. Pero cuando Cristo vino, redimió a todos los que habían puesto su confianza en esa sangre animal.

Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. (Hebreos 9:15)

Bajo el antiguo pacto, los sacrificios eran como un pagaré que Jesús más tarde haría efectivo en el Calvario. Cuando Dios envió a su Hijo a la tierra para hacerse pecado, estaba guardando su pacto con Israel al poner sobre Jesús todos los pecados cometidos bajo el antiguo pacto. Fue el plan de Dios que, al aceptar a Jesús como su Salvador, Israel pudiera entrar en su redención prometida.

Él quitó de en medio el pecado

Este es el corazón del libro de Hebreos. Bajo el antiguo pacto, el pecado era cubierto. La sangre que cubría en la expiación era la única vía disponible para los israelitas; pero bajo el nuevo pacto, los pecados no son cubiertos sino quitados de en medio; son remitidos. Es como si nunca hubieran estado.

Y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. (Hebreos 9:25–26)

La expresión “en la consumación de los siglos” también se podría expresar como “donde se juntan los dos mundos (o siglos)”. La cruz es donde terminó el antiguo método de estimaciones y donde comenzó el nuevo.
Lo que había entre el hombre y Dios era la transgresión de Adán. Jesús quitó eso de en medio.

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. (2 Corintios 5:21)

Jesús resolvió el problema del pecado e hizo posible que Dios remitiera legalmente todo los pecados que jamás hayamos cometido, nos diera vida eterna y nos hiciera nuevas criaturas.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.(versículos 17– 18)

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El Pacto de Sangre – Capítulo 9

pacto de sangre 9

Capítulo 9

Contraste entre los dos pactos

Echemos un vistazo a los dos grandes pactos de la Biblia: el pacto abrahámico, también conocido como el antiguo pacto, y el nuevo pacto.

El antiguo pacto era entre Abraham y Jehová y se selló con la circuncisión.

Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros… y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto. (Génesis 17:9–11, 13–14)

Este era el pacto abrahámico. La ley que después se entregó mediante Moisés se convirtió en el método por el que se administraba este pacto, con su establecimiento del sacerdocio, los sacrificios, las ceremonias y las ofrendas. En el instante en que se quebrantó la ley, Dios proveyó la expiación (o cobertura) para restablecer el acuerdo roto (véase Éxodo 24).

La palabra expiación no es una palabra del Nuevo Testamento; no aparece en el griego del Nuevo Testamento ¿Por qué? Mientras que la expiación solamente nos cubre, la sangre de Jesucristo nos limpia por completo. En otras palabras, el antiguo pacto sólo cubría el pecado; el nuevo pacto borra nuestro pecado.

El antiguo pacto no nos daba una comunión total con Dios sino sólo un tipo de comunión. A Israel le aportó protección y suplió sus necesidades físicas. Dios era el Sanador de Israel, su Protector y Proveedor. De igual modo, el antiguo pacto no ofrecía vida eterna o nuevo nacimiento. Era tan sólo una sombra. Los sacrificios del templo no podían hacer que el hombre fuera santo. Por tanto, el antiguo pacto sólo servía como la promesa de un nuevo y mejor pacto que un día llegaría.

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. (Hebreos 10:1–2)

La sangre de los becerros y machos cabríos era incapaz de limpiar la conciencia de pecado del hombre.

Alabado sea Dios, que hay un sacrificio que limpia la conciencia de pecado para que el hombre pueda estar ante la presencia del Padre libre de condenación.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)

Dios se convierte en nuestra justicia, o nuestra justificación, “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

El ministro del santuario

El antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, la sangre de Abraham.

Este nuevo pacto queda sellado con la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el antiguo pacto, el sumo sacerdote entraba en un tabernáculo hecho por el hombre una vez al año para ofrecer sacrificios de sangre por los pecados de la nación. Si el sumo sacerdote no hacía sus tareas, el pueblo no tenía otra manera de llegar a Dios.

En el nuevo pacto tenemos un nuevo Sumo Sacerdote, Jesucristo, que nunca fallará a su pueblo. Él es el ministro del verdadero tabernáculo, el cual no construyeron manos de hombres sino el Señor mismo.

tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos… Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. (Hebreos 8:1, 6)

El sumo sacerdote del antiguo pacto era un mediador terrenal entre Israel y Jehová. Bajo el nuevo pacto, Jesús se convirtió en nuestro Mediador ante Dios, una función que exploraremos más en el siguiente capítulo.

 

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El Pacto de Sangre – Capítulo 8

pacto de sangre 8

Capítulo 8

El nuevo pacto

Ese es el trasfondo histórico cuando llegamos al Nuevo Testamento.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos la noche antes de su crucifixión, dijo:

¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!… Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. (Lucas 22:15, 19–20)

El antiguo pacto de sangre fue la base sobre la que se fundó el nuevo pacto. Ahora podrá entender que cuando Jesús dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”, los discípulos supieran lo que Él quería decir. Ellos conocían el significado del antiguo pacto de sangre; sabían que cuando cortaron el pacto con Jesús en ese aposento alto, habían entrado en el pacto más fuerte y sagrado que el corazón humano conoce.

Jesús, la fianza

Jesús nos da un nuevo pacto, habiendo reemplazado y cumplido el antiguo pacto (véase Hebreos 10:9). Así como el antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, el nuevo pacto queda sellado con el nuevo nacimiento. El antiguo pacto tenía el sacerdocio levítico. Ahora el nuevo pacto tiene a Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. Somos su sacerdocio real y santo.

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. (1 Pedro 2:9–10)

El primer sacerdocio tenía un templo en el que Dios moraba en el Lugar Santísimo con el arca del pacto. En el nuevo pacto, nuestros cuerpos son el templo de Dios. Su Espíritu mora en nosotros.

Jehová era la fianza (o garantía) del antiguo pacto.

Jesús respalda cada frase en el nuevo pacto. “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22). Él es el gran Intercesor del nuevo pacto.

[Jesús] puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (versículo 25)

Dios mismo se ató con un juramento como la fianza del antiguo pacto. El día en que Abraham ofreció a su precioso hijo Isaac como sacrificio, Dios dijo: “Por mí mismo he jurado” (Génesis 22:16).

Así como Dios respaldó el antiguo pacto como su garantía, de igual modo Jesús es la garantía de cada palabra del nuevo pacto.

¡Qué fe tan fuerte debiera ser edificada sobre este fundamento! Los recursos del cielo respaldan a Jesús y a nuestro nuevo pacto.

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