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El Pacto de Sangre – Capítulo 11

pacto de sangre 11

Capítulo 11

El sacrificio único

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. (Hebreos 10:12)

El sacrificio único de Jesús lo cambió todo para los creyentes judíos.

Este nuevo pacto significaba un cambio en el sacerdocio que probablemente dejó a muchos israelitas sintiéndose como “sin techo” al salir de la seguridad y la tradición del templo para predicar en las calles o asistir a pequeñas reuniones en las casas.

El nuevo pacto puso fin al sacrificio de animales como sacrificios de sangre en el Lugar Santísimo. Fue el final del día de la expiación, el día anual de humillación y expiación por los pecados de la nación, cuando el sumo sacerdote apartaba sus ornamentos oficiales y llevaba consigo la sangre sacrificial al Lugar Santísimo para hacer sacrificios por él mismo, por el sacerdocio y por todo el pueblo.

Fue el final de la práctica de seleccionar dos machos cabríos, uno para sacrificarlo a Jehová y otro para convertirlo en el chivo expiatorio que llevaría los pecados del pueblo al desierto.

Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. (Marcos 15:37–38)

Cuando Jesús murió, el velo que separaba el Lugar Santísimo, donde se derramaba la sangre sacrificial sobre el propiciatorio, del resto del templo, se rasgó en dos. Ese fue el final de la existencia del Lugar Santísimo en la tierra. Fue el comienzo de un nuevo pacto en la sangre de Jesús.

Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:28)

Aquí, el apóstol Pablo dejó claro que la sangre de Jesús también era la sangre de Dios.

Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:11–12)

Jesús llevó esta sangre divina al Lugar Santísimo en un nuevo tabernáculo, uno no hecho a mano sino en el cielo. Fue un sacrificio único.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 10

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Capítulo 10

Un estudio de Hebreos

El libro de Hebreos presenta varios contrastes vitales.
Tenemos el contraste entre Moisés y Jesús; el de Aarón el sumo sacerdote y Jesús, el nuevo Sumo Sacerdote; y el contraste entre la sangre de los becerros y los machos cabríos con la sangre de Cristo.
No es sólo un contraste de sangre, sino, como mencioné en el capítulo anterior, es también un contraste entre dos tabernáculos: uno hecho por el hombre y otro que existe en el cielo. En este último tabernáculo, Jesús entra y se sienta como nuestro Sumo Sacerdote. Su hogar es el Lugar Santísimo celestial.

Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios. (Hebreos 9:24)

Bajo el antiguo pacto, el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo sólo una vez al año y podía estar tan sólo el tiempo suficiente para realizar la ofrenda de expiación. Los versículos 21–23 nos habla de cómo el sumo sacerdote limpiaba con sangre el tabernáculo y todos los vasos:

Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. (Hebreos 9:21–23)

Este es el clímax de todo. Esto nos permite ver el contraste entre cómo ve Dios la sangre de Cristo comparada con la sangre de los becerros y los machos cabríos. Cuando lleguemos a valorar la sangre de Cristo del mismo modo que Dios la valora, nunca cabrá en nuestra mente el problema de nuestra modesta posición ante un Dios santo.

El nuevo mediador

Bajo el antiguo pacto, la sangre de becerros y machos cabríos sólo servía para cubrir nuestra naturaleza pecaminosa, pero la sangre de Cristo “limpiará vuestras conciencias de obras muertas” (Hebreos 9:14), para que podamos estar en la presencia del Dios vivo libres de condenación.
Como Dios aceptó la sangre de Jesús cuando Él la llevó al Lugar Santísimo celestial, Jesús se ha convertido, mediante este hecho, en el mediador del nuevo pacto.

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. (1 Timoteo 2:5)

Sin un mediador, no hay ninguna base sobre la que el hombre pueda posicionarse ante un Dios santo. El hombre natural realmente es un fugitivo.
Efesios 2:12 describe esta triste condición como “sin esperanza y sin Dios en el mundo”.
Con el nuevo pacto, Jesús se convirtió en el mediador entre Dios y el hombre caído. La sangre de los becerros y los machos cabríos no eliminaba el pecado; simplemente cubría el pecado temporalmente. Pero cuando Cristo vino, redimió a todos los que habían puesto su confianza en esa sangre animal.

Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. (Hebreos 9:15)

Bajo el antiguo pacto, los sacrificios eran como un pagaré que Jesús más tarde haría efectivo en el Calvario. Cuando Dios envió a su Hijo a la tierra para hacerse pecado, estaba guardando su pacto con Israel al poner sobre Jesús todos los pecados cometidos bajo el antiguo pacto. Fue el plan de Dios que, al aceptar a Jesús como su Salvador, Israel pudiera entrar en su redención prometida.

Él quitó de en medio el pecado

Este es el corazón del libro de Hebreos. Bajo el antiguo pacto, el pecado era cubierto. La sangre que cubría en la expiación era la única vía disponible para los israelitas; pero bajo el nuevo pacto, los pecados no son cubiertos sino quitados de en medio; son remitidos. Es como si nunca hubieran estado.

Y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. (Hebreos 9:25–26)

La expresión “en la consumación de los siglos” también se podría expresar como “donde se juntan los dos mundos (o siglos)”. La cruz es donde terminó el antiguo método de estimaciones y donde comenzó el nuevo.
Lo que había entre el hombre y Dios era la transgresión de Adán. Jesús quitó eso de en medio.

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. (2 Corintios 5:21)

Jesús resolvió el problema del pecado e hizo posible que Dios remitiera legalmente todo los pecados que jamás hayamos cometido, nos diera vida eterna y nos hiciera nuevas criaturas.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.(versículos 17– 18)

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El Pacto de Sangre – Capítulo 9

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Capítulo 9

Contraste entre los dos pactos

Echemos un vistazo a los dos grandes pactos de la Biblia: el pacto abrahámico, también conocido como el antiguo pacto, y el nuevo pacto.

El antiguo pacto era entre Abraham y Jehová y se selló con la circuncisión.

Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros… y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto. (Génesis 17:9–11, 13–14)

Este era el pacto abrahámico. La ley que después se entregó mediante Moisés se convirtió en el método por el que se administraba este pacto, con su establecimiento del sacerdocio, los sacrificios, las ceremonias y las ofrendas. En el instante en que se quebrantó la ley, Dios proveyó la expiación (o cobertura) para restablecer el acuerdo roto (véase Éxodo 24).

La palabra expiación no es una palabra del Nuevo Testamento; no aparece en el griego del Nuevo Testamento ¿Por qué? Mientras que la expiación solamente nos cubre, la sangre de Jesucristo nos limpia por completo. En otras palabras, el antiguo pacto sólo cubría el pecado; el nuevo pacto borra nuestro pecado.

El antiguo pacto no nos daba una comunión total con Dios sino sólo un tipo de comunión. A Israel le aportó protección y suplió sus necesidades físicas. Dios era el Sanador de Israel, su Protector y Proveedor. De igual modo, el antiguo pacto no ofrecía vida eterna o nuevo nacimiento. Era tan sólo una sombra. Los sacrificios del templo no podían hacer que el hombre fuera santo. Por tanto, el antiguo pacto sólo servía como la promesa de un nuevo y mejor pacto que un día llegaría.

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. (Hebreos 10:1–2)

La sangre de los becerros y machos cabríos era incapaz de limpiar la conciencia de pecado del hombre.

Alabado sea Dios, que hay un sacrificio que limpia la conciencia de pecado para que el hombre pueda estar ante la presencia del Padre libre de condenación.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)

Dios se convierte en nuestra justicia, o nuestra justificación, “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

El ministro del santuario

El antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, la sangre de Abraham.

Este nuevo pacto queda sellado con la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el antiguo pacto, el sumo sacerdote entraba en un tabernáculo hecho por el hombre una vez al año para ofrecer sacrificios de sangre por los pecados de la nación. Si el sumo sacerdote no hacía sus tareas, el pueblo no tenía otra manera de llegar a Dios.

En el nuevo pacto tenemos un nuevo Sumo Sacerdote, Jesucristo, que nunca fallará a su pueblo. Él es el ministro del verdadero tabernáculo, el cual no construyeron manos de hombres sino el Señor mismo.

tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos… Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. (Hebreos 8:1, 6)

El sumo sacerdote del antiguo pacto era un mediador terrenal entre Israel y Jehová. Bajo el nuevo pacto, Jesús se convirtió en nuestro Mediador ante Dios, una función que exploraremos más en el siguiente capítulo.

 

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El Pacto de Sangre – Capítulo 8

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Capítulo 8

El nuevo pacto

Ese es el trasfondo histórico cuando llegamos al Nuevo Testamento.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos la noche antes de su crucifixión, dijo:

¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!… Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. (Lucas 22:15, 19–20)

El antiguo pacto de sangre fue la base sobre la que se fundó el nuevo pacto. Ahora podrá entender que cuando Jesús dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”, los discípulos supieran lo que Él quería decir. Ellos conocían el significado del antiguo pacto de sangre; sabían que cuando cortaron el pacto con Jesús en ese aposento alto, habían entrado en el pacto más fuerte y sagrado que el corazón humano conoce.

Jesús, la fianza

Jesús nos da un nuevo pacto, habiendo reemplazado y cumplido el antiguo pacto (véase Hebreos 10:9). Así como el antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, el nuevo pacto queda sellado con el nuevo nacimiento. El antiguo pacto tenía el sacerdocio levítico. Ahora el nuevo pacto tiene a Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. Somos su sacerdocio real y santo.

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. (1 Pedro 2:9–10)

El primer sacerdocio tenía un templo en el que Dios moraba en el Lugar Santísimo con el arca del pacto. En el nuevo pacto, nuestros cuerpos son el templo de Dios. Su Espíritu mora en nosotros.

Jehová era la fianza (o garantía) del antiguo pacto.

Jesús respalda cada frase en el nuevo pacto. “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22). Él es el gran Intercesor del nuevo pacto.

[Jesús] puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (versículo 25)

Dios mismo se ató con un juramento como la fianza del antiguo pacto. El día en que Abraham ofreció a su precioso hijo Isaac como sacrificio, Dios dijo: “Por mí mismo he jurado” (Génesis 22:16).

Así como Dios respaldó el antiguo pacto como su garantía, de igual modo Jesús es la garantía de cada palabra del nuevo pacto.

¡Qué fe tan fuerte debiera ser edificada sobre este fundamento! Los recursos del cielo respaldan a Jesús y a nuestro nuevo pacto.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 7

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Capítulo 7

Israel, el pueblo del pacto de sangre

Quiero que preste atención a varias cosas milagrosas que tienen conexión con Israel, el pueblo del pacto de sangre.

Como ya he mencionado, este pacto garantizaba la protección física de Israel, protección tanto de sus enemigos como de la pestilencia y la enfermedad.

Israel viajó a Egipto y, a pesar de su esclavitud, se convirtió en una gran nación de más de tres millones de personas. Dios les sacó mediante una serie de milagros que hace temblar la razón humana. Lo hizo porque estaba en una relación de pacto de sangre con Israel; Él había prometido protegerles.

Cuando los israelitas estaban a orillas del mar Rojo después de haber sido liberados de su esclavitud, Dios dijo: “Si oyeres atentamente la voz de Jehová tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26).

Dios era su Médico de pacto de sangre. A nosotros nos cuesta entender del todo lo que esto significaba. Sabemos que tras la liberación de Israel de Egipto, vagaron por el desierto durante cuarenta años. Durante ese periodo, Dios les dio una columna de nube para protegerles del ardiente sol del desierto y una columna de fuego durante la noche para darles luz y calor (véase Éxodo 13:21). Les dio comida y agua, y suplió todas sus necesidades.

La ley y el sacerdocio

Después, Dios les dio la ley de pacto de sangre. Lo llamamos la ley mosaica porque Moisés fue el instrumento mediante el cual llegó a Israel. Esta ley era para separarles de todas las demás naciones de la tierra. Era para hacerles un “especial tesoro” (Éxodo 19:5) sobre el que Dios pudiera derramar bendiciones poco frecuentes, todo ello sobre la base de su pacto de sangre.

El pacto era el centro sobre el que giraba toda la vida israelita.

Por supuesto, la ley fue quebrantada casi en el mismo instante en que fue dada. Así, se estableció el sacerdocio. Antes de ello, Israel nunca había tenido un sacerdocio señalado de forma divina; pero ahora, Dios escogió a los sacerdotes, y un sumo sacerdote que les guiara. Junto con el sacerdocio llegaron también las ofrendas de expiación. Nunca antes Israel había experimentado un día de la expiación.

Todas las ofrendas que Israel había conocido habían sido ofrendas de paz u ofrendas de holocaustos. Ahora, Dios señaló un sacrificio especial en el cual la sangre actuaría como una cubierta de protección por haber quebrantado la ley. Era una cubierta para la nación que les permitía habitar con Dios en medio de ellos.

En hebreo, la palabra usada para expiación significa “cubrir”. Debido a su desobediencia al quebrantar la ley, Israel no era apta para estar al descubierto en la presencia de Dios. Por tanto, Él les dio el concepto de la expiación, simbolizado por la ofrenda de sangre que servía como una cobertura para el estado de muerte espiritual de la nación.

Una vez al año, el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo para hacer expiación, situándose entre Dios y su pueblo como una garantía del pacto. A menos que se produjera un pecado de extrema gravedad entre el pueblo, esta era la función principal del oficio de sumo sacerdote. En el día de la expiación, él depositaba los pecados del pueblo sobre dos machos cabríos. Uno de ellos era sacrificado, y el otro (el chivo expiatorio) era liberado en el desierto para ser destruido.

El oficio de sumo sacerdote se hizo necesario para poder mantener la comunión de Israel y su posición correcta delante de Dios y para asegurar su protección.

Con la expiación y el sacerdocio llegaron también otros sacrificios de pacto de sangre. Las cinco grandes ofrendas mencionadas en los primeros siete capítulos de Levítico son: los holocaustos, la ofrenda de comida, la ofrenda de paz, ofrendas por el pecado y la ofrenda expiatoria. Estas ofrendas tenían que ver con la comunión y la ruptura de la comunión con Dios. Tenían que ver con la vida cotidiana del pueblo.

Cuando un israelita estaba en comunión, podía llevar el holocausto, la ofrenda de comida o la ofrenda de paz. Otras ofrendas tenían que ver con las relaciones rotas. Cuando un hombre había pecado contra su hermano, tenía que llevar una ofrenda por el pecado. Cuando había pecado contra las cosas santas de Dios, llevaba una ofrenda de expiación.

Para mantener una buena posición con las distintas obligaciones y privilegios, los sacrificios de pacto de sangre de Israel se convirtieron en una práctica continua de su fe.

Bendición del pacto

Dios tenía ciertas obligaciones que cumplir como parte de su pacto. Tenía la obligación de proteger a Israel de los ejércitos de las naciones que les rodeaban, de hacer que su tierra produjera cosechas, y de asegurarse de que sus rebaños crecieran y se multiplicarán.

La mano de Dios estaba sobre el pueblo de Israel dando bendición. Ellos crecieron en estatura y en riquezas. Se irrigaron sus montes; sus valles se llenaron de materias primas muy valiosas. No había ninguna otra nación como ellos. Dios era su Dios; ellos eran su pueblo de pacto. Él era su Conquistador y Protector.

Pues ha arrojado Jehová delante de vosotros grandes y fuertes naciones, y hasta hoy nadie ha podido resistir delante de vuestro rostro. Un varón de vosotros perseguirá a mil; porque Jehová vuestro Dios es quien pelea por vosotros, como él os dijo. (Josué 23:9–10).

Otro ejemplo de protección se encuentra en uno de los mayores guerreros que jamás ha existido en el mundo. Sansón tenía protección divina, así como una gran fortaleza física y destreza.

Y Sansón descendió… a las viñas de Timnat, he aquí un león joven que venía rugiendo hacia él. Y el Espíritu de Jehová vino sobre Sansón, quien despedazó al león como quien despedaza un cabrito, sin tener nada en su mano; y no declaró ni a su padre ni a su madre lo que había hecho. (Jueces 14:5–6)

Se decía que uno de los hombres fuertes del rey David fue capaz de matar a ochocientos enemigos en un solo combate (véase 2 Samuel 23:8).

Israel era el “especial tesoro” de Dios. Era el tesoro del corazón de Dios.

El juicio

Uno de los eventos más trágicos en la historia de la humanidad fue la destrucción de la ciudad de Jerusalén, cuando la mayor parte de la nación de Israel fue llevada en cautiverio a Babilonia por haber pecado contra el pacto.

Dios les había advertido de las maldiciones que vendrían sobre ellos si rompían el pacto con Él.

Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de inflamación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo; y te perseguirán hasta que perezcas. Y los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y la tierra que está debajo de ti, de hierro. Dará Jehová por lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezcas. Jehová te entregará derrotado delante de tus enemigos; por un camino saldrás contra ellos, y por siete caminos huirás delante de ellos; y serás vejado por todos los reinos de la tierra.(Deuteronomio 28:22–25)

Jerusalén estaba en ruinas, y el templo fue destruido por completo, todo debido a que Israel había roto su relación de pacto de sangre con Dios.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 6

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Capítulo 6

El pacto abrahámico

El pacto abrahámico fue la razón de que Israel existiera. No habría existido la nación de Israel si Dios no hubiera entrado en pacto con ellos.

Isaac, nacido mucho después de la edad en que Sara podía tener hijos, fue un niño milagro. Cuando los hijos de Isaac crecieron hasta ser adultos, la nación de Israel fue hasta Egipto escapando de una hambruna, y terminaron siendo esclavizados allí. Después de haber soportado la esclavitud durante más de trescientos años, Dios los liberó de Egipto. Ninguna otra nación ha sido jamás liberada como Israel lo fue. Fue una nación milagro, librados porque eran el pueblo del pacto de sangre de Dios.

En Éxodo 2 leemos:

… y los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. Y miró Dios a los hijos de Israel, y los reconoció Dios. (versículos 23–25)

Dios escuchó el gemido de Israel en Egipto y se acordó del pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob. No podía romper el pacto. No podía olvidarse de él o ignorarlo. Él es un Dios que guarda el pacto. Por tanto, envió a Moisés para liberar y sacar de Egipto a los descendientes de Abraham con señales y maravillas que asombraron a todos los que las vieron. Dios les preservó como nación porque eran su pueblo de pacto.

Moisés sacó a Israel de Egipto a través de un desierto estéril donde, sobre la base del pacto, Dios suplió maná para comer y agua para beber para todo el pueblo, así como para su ganado.

Dios e Israel estaban atados entre sí. Mientras Israel guardó el pacto, no hubo personas enfermas entre ellos, nunca hubo una mujer estéril, no murió ningún bebé, ningún hombre o mujer joven moría a menos que rompieran el pacto. Cuando Dios dijo: “Porque yo soy Jehová tu sanador” (Éxodo 15:26), significaba que Él era el único médico de Israel.

Y Dios no sólo era su Médico; también era su Protector. Mientras ellos guardaron el pacto, no hubo suficientes ejércitos en todo el mundo que pudieran conquistar ni la aldea israelita más pequeña.

Finalmente, Israel recibió revelaciones de Dios, que incluían la ley, los profetas, el contenido de los libros de los Salmos y Proverbios, y todas las Escrituras que hoy componen el Antiguo Testamento.

Y por último, Dios envió al Mesías, Jesús, a Israel porque era su pueblo de pacto de sangre. Entonces Jesús se convirtió en el fundador de un nuevo pacto. Nosotros tenemos el nuevo pacto debido al antiguo pacto: el pacto abrahámico. Cuando aceptamos a Jesucristo como Señor y Salvador, participamos de las mismas bendiciones que tuvo Israel, pero las nuestras son mucho mejores debido al nuevo pacto, sellado por el regalo sacrificial de Jesucristo.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 5

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Capítulo 5

El sacrificio de Abraham

Y [Dios] dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Génesis 22:2)

Este fue el mandamiento más aterrador de Dios que Abraham recibió mientras estaba paralizado en la presencia de Dios. No hubo vacilación por parte de Abraham.

Piense en lo que eso significaba para él. Abraham y Sara eran ancianos. Abraham tenía casi cien años de edad, y Sara tenía noventa años. Según la ciencia y la biología, era imposible que ellos pudieran convertirse en padres de un niño. Incluso la Escritura confirmaba esto: “Y Abraham y Sara eran viejos, de edad avanzada; y a Sara le había cesado ya la costumbre de las mujeres” (Génesis 18:11).

Pero, como parte de su pacto, Dios le había prometido a Abraham un hijo.

A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y la bendeciré, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá a ser madre de naciones; reyes de pueblos vendrán de ella. Entonces Abraham se postró sobre su rostro, y se rió, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿Y Sara, ya de noventa años, ha de concebir?… Respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él como pacto perpetuo para sus descendientes después de él. (Génesis 17:15–17, 19)

El apóstol Pablo escribió:

Y [Abraham] no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido. (Romanos 4:19–21)

Abraham “tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe”. Abraham creyó a Dios.

Visitó Jehová a Sara, como había dicho, e hizo Jehová con Sara como había hablado. Y Sara concibió y dio a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo que Dios le había dicho. Y llamó Abraham el nombre de su hijo que le nació, que le dio a luz Sara, Isaac. (Génesis 21:1–3)

El niño creció y se convirtió en un joven, hasta que un día, Dios lo pidió.

Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. (Génesis 22:2)

Abraham no dudó, aunque eso significaba renunciar a lo que tanto había querido, pero emprendió con el joven un viaje de tres días y tres noches.

Al llegar al monte Moriah, construyeron juntos el altar.

Abraham puso a Isaac sobre el altar y alzó un cuchillo para sacrificarle justamente cuando el ángel del Señor intervino, diciendo: “Abraham, Abraham… No extiendas tu mano sobre el muchacho” (Génesis 22:11–12).

Dios había encontrado a un hombre que guardó el pacto.

Después, el ángel volvió a hablar, diciendo:

Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. (versículos 16–17)

Observe que Dios dijo: “Por mí mismo he jurado”. Esto es lo más solemne que un hombre puede imaginar.

Abraham había demostrado ser digno de la confianza de Dios.

El Dios que guarda el pacto

Antes de que esto ocurriera, cuando Dios estaba a punto de destruir Sodoma y Gomorra, Abraham apeló al Creador de una manera que deja estupefacta a la imaginación. Abraham preguntó: “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).

Después, Abraham comenzó a rogar por cualquier justo que pudiera haber en la ciudad. Dios permitió que Abraham, sobre la base de su relación de pacto de sangre, se convirtiera en un intercesor por las ciudades malvadas de Sodoma y Gomorra.

Cuando Abraham entró en el pacto, obtuvo el derecho a arbitrar entre los hombres malos de la tierra y el Dios de toda la creación.

Abraham estableció un precedente de intercesión sobre la base del pacto de sangre, un precedente que se ha mantenido a lo largo de los siglos.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 4

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Capítulo 4

Jehová corta el pacto con Abram

Antes de que Dios entrara en un pacto formal con Abram, había hecho una promesa.

Y [Dios] lo llevó fuera [a Abram], y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. (Génesis 15:5–6, énfasis añadido)

La palabra “creyó” significa que Abram hizo un compromiso incondicional de sí mismo, de todo lo que era y podría llegar a ser, a Dios. En hebreo, la palabra traducida como “creyó” significa “estar firme, confiar”, pero también significa “establecer, ser fiel, llevar a cabo, hacer firme”. Abram se entregó a Dios en un abandono total de sí mismo. Después, Dios le pidió que hiciera un sacrificio animal, un sacrificio de sangre (véase versículo 9). Abram obedeció.

Cortar el pacto

El pacto abrahámico, que es la base tanto del judaísmo como del cristianismo, es quizá el contrato más maravilloso que jamás se haya promulgado. Ató a Abram (o Abraham, tras su cambio de nombre) y a sus descendientes con ataduras indisolubles con Jehová, y ató a Jehová y a Abraham y sus descendientes con la misma solemnidad.

Cuando Dios entró en un pacto formal con Abram, ocurrieron varias cosas sorprendentes. La Escritura dice que cuando Abraham tenía noventa y nueve años de edad, Dios se le apareció como “Dios Todopoderoso” (en hebreo, El Shaddai), y le dijo: “anda delante de mí y sé perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera” (Génesis 17:1–2).

Entonces, Abraham se postró sobre su rostro mientras Dios seguía hablándole, diciendo: “He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes. Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes” (versículos 4–5).

Este pacto fue para todo Israel, los hijos de Abraham, y tras de él estaban la promesa y el juramento de Dios. “Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos. Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones” (versículos 8–9).

Finalmente, Dios estableció su pacto, diciendo: “Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros” (versículos 10–11).

Cuando eso fue hecho, Dios y Abraham habían entrado en pacto.

Significaba que todo lo que Abraham poseía (o llegaría a tener) había sido puesto sobre el altar. También significaba que Dios sostendría y protegería a Abraham y a sus descendientes mientras vivieran cumpliendo el pacto.

Algunos hechos del pacto

El sello del pacto entre Dios y Abraham fue la circuncisión. Todo niño varón fue circuncidado a los ocho días de edad, simbolizando la entrada en el pacto abrahámico. Cuando un niño entraba en el pacto, se convertía en heredero de todo lo relacionado con el pacto. Si el padre y la madre del niño morían, otro israelita estaba obligado a cuidar de ese niño. Si sólo el padre moría, entonces otro israelita cuidaría de la viuda. Esto era parte de la ley del pacto.

Obligaciones del pacto

Y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. (Génesis 17:13)

La marca de la circuncisión en sus cuerpos era el sello de su lugar en el pacto. Mientras Israel guardara este pacto, que se volvió a renovar con Moisés, ningún enemigo extranjero en todo el mundo podía conquistar ni tan siquiera una de sus aldeas.

Cuando Dios sacó a Israel de Egipto, no tenían ni ley ni sacerdocio. Finalmente, Dios les dio los Diez Mandamientos, el sacerdocio, la expiación, los sacrificios y ofrendas en el templo, el chivo expiatorio y la adoración en el templo. Todo estaba disponible para Israel a través del pacto.

Este pacto no provino de los Diez Mandamientos, como insisten algunos de los cristianos contemporáneos. Por el contrario, el pacto fue la razón de que existieran los mandamientos y la ley.

Cuando Dios cortó el pacto con Abraham, la nación israelita se convirtió en un “pueblo de pacto”.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 3

pacto de sangre 3

Capítulo 3

El pacto en África

Una ilustración de Henry Stanley podría ayudarnos a entender el significado del pacto.

Cuando Stanley estaba buscando a Livingstone, contactó con una poderosa tribu africana. Eran agresivos y guerreros, y Stanley no estaba en condición de luchar contra ellos. Finalmente, el intérprete de Stanley preguntó por qué simplemente no hacía un pacto con ellos. Le dijeron que eso conllevaba beber la sangre el uno del otro. A Stanley no le agradaba mucho una práctica así, pero sus circunstancias seguían empeorando hasta que finalmente el intérprete le volvió a preguntar una vez más por qué no cortaba el pacto con el jefe de la tribu.

Cuando Stanley preguntó cuáles serían los resultados de hacer un pacto así, el intérprete le respondió: “Todo lo que tiene el jefe será tuyo si lo necesitas”.

Esto llamó la atención de Stanley, y decidió investigar más.

Tras varios días de negociaciones, Stanley y el jefe llegaron al pacto. Primero hubo una consulta en la que el jefe le preguntó a Stanley cuáles eran sus motivos y su posición, así como su capacidad para cumplir el pacto. Después, hubo un intercambio de regalos. El jefe quería la cabra blanca de Stanley. Stanley había tenido una salud delicada, y la leche de cabra era lo único que podía tomar para alimentarse, así que fue muy difícil para él tener que entregarla, pero el jefe era insistente. Finalmente, Stanley le entregó la cabra, y el jefe le ofreció a cambio su gran lanza de cobre de más de dos metros. Stanley supuso que había salido perdiendo en el intercambio, pero más adelante descubrió que dondequiera que iba en África con esa lanza, todos se postraban y se sometían a él.

Después el jefe trajo a uno de sus príncipes. De igual forma, Stanley trajo a uno de sus hombres de Inglaterra. Un sacerdote avanzó con una copa de vino, hizo una incisión en la muñeca del príncipe y dejó que unas gotas de su sangre cayeran en la copa de vino. De igual modo, hizo una incisión en la muñeca del joven inglés y dejó que unas gotas de su sangre cayeran en el cáliz. Removió el vino, mezclándolo con la sangre. El sacerdote le entregó la copa al inglés, quien bebió una parte. Después se la entregó al príncipe, el cual se terminó lo que quedaba. Después, los dos hombres juntaron sus muñecas para mezclar sus sangres.

Ahora, se habían convertido en hermanos de sangre. Esos dos hombres sirvieron como sustitutos, pero habían atado a Stanley y al jefe de la tribu, así como a los hombres de Stanley y a los soldados del jefe, en una hermandad de sangre que sería indisoluble.

Frotaron con pólvora sus heridas para que quedara una marca negra al cicatrizar, indicando con ello a todo el que los viera que eran hombres de pacto. Esas heridas servían como una tarjeta de visita de su pacto.

Finalmente, se plantaron árboles que eran conocidos por su larga vida.

El monumento conmemorativo

Parece que siempre que se celebra un pacto de sangre en un país donde crecen árboles, se realiza algún tipo de ceremonia de plantación. A menudo, se les llama “árboles del pacto”.

En lugares donde no crecen árboles, se suele alzar una montaña de piedras o un monumento para recordar tanto a las partes implicadas en el pacto como a todos sus descendientes su contrato indisoluble.

Cuando Abraham y Abimelec hicieron un pacto, Abraham apartó siete corderas.

Y tomó Abraham ovejas y vacas, y dio a Abimelec; e hicieron ambos pacto. Entonces puso Abraham siete corderas del rebaño aparte. Y dijo Abimelec a Abraham: ¿Qué significan esas siete corderas que has puesto aparte? Y él respondió: Que estas siete corderas tomarás de mi mano, para que me sirvan de testimonio de que yo cavé este pozo. (Génesis 21:27–30)

Estas corderas eran el monumento conmemorativo. Al crecer y reproducirse, los rebaños serían un recordatorio continuo del pacto que habían cortado estos dos hombres.

Después de plantar los árboles en la ceremonia del corte del pacto entre Stanley y el jefe, el jefe dio un paso al frente y gritó: “Vengan, compren y vendan con Stanley, porque es nuestro hermano de sangre”.

Unas horas antes, los hombres de Stanley habían estado en un continuo estado de alerta para proteger sus balas de prendas de algodón y baratijas de los miembros de la tribu. Ahora, Stanley pudo abrir las balas y dejarlas en la calle sin protección alguna, ya que nadie las tocaría. Si alguien decidiera robarle algo a Stanley, ahora un hermano de sangre, tal delito traería con él la pena de muerte.

Ahora, el jefe haría cualquier cosa por su nuevo hermano. Stanley no llegó a entender del todo lo sagrado que era ese pacto. Incluso años después, aún seguía dándole vueltas. En el momento que se solemniza un pacto de sangre, todo lo que cada una de las partes del pacto posee en el mundo queda a disposición de su hermano de sangre. Al mismo tiempo, este hermano nunca pediría nada a menos que se viese absolutamente forzado a necesitarlo.

Algunas de las historias más bellas que conozco en el mundo son historias de hermanos de pacto de sangre.

Maldiciones y bendiciones

Hay un detalle importante que no he incluido en el relato de esta ceremonia. En el momento en que los dos sustitutos bebieron de la copa que contenía la sangre del otro, un sacerdote procedió a anunciar las maldiciones más horribles que Stanley jamás había oído, maldiciones que le ocurrirían a cualquiera de las partes que rompiera el pacto.

Cuando Moisés repartió la tierra a las diferentes tribus de Israel, les hizo ver las montañas de bendiciones y de maldiciones que recaerían sobre ellos si dejaban de permanecer en su pacto con Dios (véase Deuteronomio 11:27). Entonces Dios proclamó que cada año tenían que pronunciar las bendiciones desde el monte Gerizim y las maldiciones desde el monte Ebal (véase Deuteronomio 11:29).

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El Pacto de Sangre – Capítulo 2

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CAPÍTULO II

EL ORIGEN DEL PACTO DE SANGRE

El Pacto de Sangre, o lo que llamamos Mesa del Señor, tiene su origen en el más antiguo pacto que se conoce entre la familia humana. Con toda seguridad comenzó en el Jardín del Edén.

Es evidente que Dios corto el pacto o entró en un pacto con Adam desde el principio.

La razón que me asiste para creerlo, es que no existe un solo pueblo primitivo en el mundo, hasta donde sepamos, que no haya practicado el Pacto de Sangre en alguna forma; demostrando así que tuvo su origen en Dios, y el hombre ha practicado el pacto a través de los siglos.

Hoy en día, cientos de tribus en el África ecuatorial cortan el pacto.

Stanley corto el pacto cincuenta veces con diferentes tribus. Livingston corto el pacto.

Los misioneros han visto que se practica, pero no han entendido su significado, pensando que era algún rito pagano; no se han dado cuenta de que el pacto de sangre practicado en África hoy día abriría puertas en cada tribu para el Evangelio de Cristo.

Si un misionero que entienda el idioma de alguna de las tribus, les explicara la Mesa del Señor, haciéndoles ver lo que significa, y de dónde parte su origen, abrirían inmediatamente las puertas al Evangelio de Cristo y ellos lo escucharían.

Todo el plan de la Redención gira en torno a los Dos Pactos.

Recuerda que tenemos el Antiguo y el Nuevo Pacto.

Quizá es mejor que yo te explique lo que este Antiguo Pacto significa, porque prácticamente es el mismo entre todos los pueblos.

RAZONES PARA CORTAR EL PACTO

Hay tres razones por las que los hombres cortan el pacto unos con otros.

Si una tribu poderosa vive junto a una tribu mas débil, y existe el peligro de que la tribu mas débil sea destruida, la tribu más débil procurará “cortar el Pacto” con la tribu mas poderosa para que sea preservada.

Segundo, dos hombres de negocios que entren en sociedad pueden cortar el Pacto para asegurarse de que ningún de los dos tome ventaja al otro.

Tercero, si dos hombres se aman mutuamente de manera tan afectuosa como David y Jonatan, o como Damón y Pitias, ellos cortaran el pacto a causa del tal amor.

EL MÉTODO DE CORTAR EL PACTO

El método de cortar el pacto es prácticamente idéntico en el mundo entero; aunque por supuesto existen sus diferencias.

En algunos lugares ha degenerado en un rito muy horrible y grotesco, pero con todo es el mismo pacto de sangre.

Lo que se practica por las tribus aborígenes del África, por los árabes, por los sirios y balcanos es así:

Si dos hombres desean cortar el pacto; se allegan el uno al otro en compañía de sus amigos y un sacerdote.

Primero se intercambian regalos. Por medio de este intercambio de presentes indican que todo lo que uno tiene, el otro puede poseerlo si es necesario.

Después del intercambio de dadivas, ellos traen una copa de vino, el sacerdote hace una incisión en el brazo de uno de ellos y la sangre gotea sobre el vino.

Se hace otra incisión en el brazo del otro individuo y su sangre gotea sobre la misma copa.

Entonces se agita el vino, y la sangre de ambos es mezclada. Después se pasa la copa a uno de ellos para que beba una parte, luego se pasa al otro para que ingiera el resto.

Cuando ambos han tomado de aquella bebida, frecuentemente frotan sus muñecas una con otra para que sus sangres se mezclen, o bien ambos se tocan mutuamente con sus lenguas las heridas.

EL CARÁCTER SAGRADO DEL PACTO DE SANGRE

EI Sr. Stanley dijo que jamás supo que este pacto fuese quebrantado en África, no importa cual haya sido la provocación.

El Dr. Livingston también testifica que nunca supo que el pacto fuese quebrantado.

En otras partes del mundo se asegura que dicho Pacto de Sangre jamás ha sido quebrantado.

Es un pacto que se tiene por muy sagrado entre todos los pueblos primitivos.

En África, si alguno tratase de quebrantar el pacto, su propia madre o esposa, o sus parientes mas cercanos procurarían su muerte, y lo entregarla en manos del vengador para su destrucción. Nadie que quebrante el pacto puede vivir en África porque aun la propia tierra por donde camina es maldita.

Los mas encarnizados enemigos se convierten en amigos íntimos tan pronto como cortan el pacto.

Ninguno ha de aprovecharse del pacto ni tampoco tratara de violarlo.

Es tan sagrado que aun los hijos de la tercera y cuarta generación lo veneran y guardan.

En otras palabras, es un pacto perpetuo e indisoluble, que no puede ser anulado.

 

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