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El Pacto de Sangre – Capítulo 16

pacto de sangre 16

Capítulo 16

Bajo sus pies

Este es el clímax de la obra redentora de Cristo:

Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.(Efesios 1:19–23)

Hemos visto a Jesús después de la resurrección, exaltado en el trono más alto del universo con todo dominio, autoridad y poder bajo sus pies. Todo lo que está bajo sus pies está bajo los nuestros. Su victoria es nuestra victoria.

No tiene sentido que Cristo viniera y sufriera esa tremenda lucha por nuestra redención a menos que fuera para nosotros. No necesitaba hacerlo para Él mismo. Lo que hizo para nosotros es nuestro. Lo único que tenemos que hacer es tomarlo. Él no hizo ese trabajo para bloquearlo y mantenerlo lejos de nosotros, repartiéndolo sólo a unos pocos.

Por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en el. (2 Corintios 5:21)

En su redención recibimos una justicia perfecta. Esta justicia nos permite entrar confiadamente al trono de gracia. Esta justicia nos permite disfrutar de la plenitud de nuestros derechos en Cristo.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Esta es la base de nuestra justicia. Mediante su obra en la cruz, su muerte y su resurrección, Jesús consiguió la paz. Resucitó porque había conquistado a nuestros enemigos, había derrotado a los que nos tenían esclavos.

Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. (Colosenses :15)

Sabemos que el Padre planeó nuestra redención (véase Juan 3:16).

Sabemos que Jesús llevó a cabo ese plan (véase Efesios 1:7; 1 Pedro 2:24).

De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene la vida eterna. (Juan 6:47)

Creo que este plan fue llevado a cabo y que tengo vida eterna. Creo que por su llaga soy sanado (véase Isaías 53:5), y creo que por su gracia soy más que vencedor (véase Romanos 8:37).

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna.(1 Juan 5:13)

Si tengo vida eterna, tengo sanidad.

Tengo todas mis necesidades cubiertas, así que “todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13).

No necesito batallar; no tengo que hacer largas y agónicas oraciones; no necesito ayunar para sentirme digno.

¡Es mío!

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual. (Efesios 1:3)

¿Cómo obtengo estas bendiciones?

Lo único que tiene que hacer es pedir y luego darle gracias a Él por ellas.

El agradecimiento abre la puerta; la alabanza la mantiene abierta.

Durante años nos han enseñado que debemos luchar, sufrir y clamar para recibir la respuesta. Todo eso es el trabajo de la incredulidad. Se desarrolla debido a nuestra ignorancia de la Palabra y de nuestros derechos en Cristo.

Así que, ninguno se gloria en los hombres; porque todo es vuestro. (1 Corintios 3:21)

Y vosotros estáis completos en el, que es la cabeza de todo principado y potestad. (Colosenses 2:10)

Y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia. (Efesios 1:22)

Satanás ha sido vencido. Somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. No tenemos necesidad de rogar y llorar. Hacerlo deshonra al Padre.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 15

pacto de sangre 15

Capítulo 15

La redención es a través de Dios

Cuando nos aferramos a la horrible imagen de la obra terminada de Satanás, nuestro corazón clama: “¿Quién puede? ¿Quién tiene la capacidad de suplir la necesidad del hombre en una situación tan difícil como esta?”.

Gracias a Dios, existe una respuesta.

Cuando Dios vio la condición de la humanidad, inmediatamente comenzó a preparar una provisión para nuestra redención.

Él sabía que la humanidad no podría redimirse a sí misma; sabía que la humanidad no tenía la capacidad de llegar hasta su trono.

Por eso, primero Dios le dio a la humanidad el pacto abrahámico. Después, cuando los descendientes de Abraham se convirtieron en una nación, Dios les dio la ley del pacto, la cual incluía el sacerdocio, la expiación y los sacrificios y ofrendas del pacto. Todas esas cosas le fueron dadas a Israel como preparación de lo que vendría, porque de esta nación vendría el DiosHombre encarnado, que haría dos cosas:

En primer lugar, rompería el poder de Satanás, para redimir a la humanidad de su esclavitud y restaurarla a una plena justicia, por medio de la cual podría estar en la presencia del Padre del mismo modo en que lo estaba Adán antes de la caída. Esto quitaría la conciencia de culpabilidad y pecado permanentes de la humanidad.

En segundo lugar, rompería el dominio de Satanás y redimiría a la humanidad de forma tan completa que el hombre o la mujer más débil participarían de la justicia restaurada de tal forma que él o ella podrían vivir una vida de victoria total sobre el diablo.

Este Dios-Hombre (encarnado) haría un sacrificio tan completo y perfecto que Dios no sólo restauraría legalmente la justicia perdida de la humanidad, sino que también le daría a la humanidad un acceso pleno a todo su poder y su fuerza, haciendo con ello de la humanidad una creación totalmente nueva.

Así es, cuando Dios hace de la humanidad una nueva creación, imparte en ellos su propia naturaleza, sacando de ellos cualquier temor y pecado que pudiera haber. Esto está completo hasta que la humanidad puede estar en la presencia misma de Dios, soportando la radiante luz de su gracia y amor.

Una vez redimidos, podemos florecer, como lo hace una rosa bajo el sol, hasta que la plenitud del amor de Cristo venga inundando nuestro ser antes de regresar de nuevo a Él. Somos sus hijos amados.

Lector, se encuentra usted en presencia del milagro de milagros, la gracia de Dios, la cual está restaurando a la raza humana perdida, sacándola de su órbita de egoísmo, debilidad y temor y llevándola a la esfera de la fe, el amor y la vida de Dios.

Dios no sólo nos restaurará legalmente la justicia, nos redimirá y nos hará nuevas criaturas, sino que también nos dará su Espíritu Santo. El Espíritu grande y poderoso que resucitó a Jesús de los muertos vendrá a nuestros cuerpos y hará de ellos su hogar.

Y no sólo hace eso, sino que también nos da derecho legal a usar su nombre para echar fuera demonios, imponer manos sobre los enfermos para que sanen y derrotar los propósitos de Satanás.

Oh, tenemos ese nombre. Ese nombre nos hace ser como Él.

Cuando usted vive por ese nombre y camina en ese nombre, el diablo no puede distinguirle de Jesús. Tiene el nombre de Él estampado en usted.

Ah, pero Él hizo algo más.

También nos dio la revelación. Lo llamamos la Palabra, y es la Palabra del Espíritu.

Si usted ha sido redimido, el Espíritu grande y poderoso que resucitó a Jesús de los muertos ha llegado a su vida. Ahora, a través de los labios humanos, el Espíritu Santo blande esa Palabra y vence a los grandes ejércitos del infierno.

Usted es un hijo de Dios, llamado a tener comunión con Jesucristo con una justicia y libertad restauradas. Es una nueva criatura en la que habita el Espíritu Santo con la Palabra viva de Dios.

Tiene usted una comunión tan rica como jamás Adán soñó tener.

Y cuando Jesús vuelva, este cuerpo que fue hecho mortal por Satanás y el pecado recibirá inmortalidad y nunca volverá a morir. La muerte no puede amenazarnos ni llenarnos de temor. Ahora, permanecemos en toda la plenitud de su obra terminada.

Imagínese lo que será cuando las puertas de perlas se abran y nosotros, sus súbditos de amor, sus eternamente redimidos, contemplemos a nuestro Señor sentado en el trono de los siglos.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 14

pacto de sangre 14

Capítulo 14

Las tres bendiciones

Encontramos tres maravillosas bendiciones en el nuevo pacto.

Justicia

En primer lugar, está la justicia que Dios imparte a cada cristiano como miembro del nuevo pacto.

Cuando usted acepta a Jesucristo como su Salvador, Dios le imparte la justicia de Cristo en el mismo instante en que nace de nuevo. Esto le da una posición en la presencia del Padre idéntica a la posición de Jesús.

Como nunca hemos conocido una libertad así, tendemos a retirarnos de esta nueva justicia que hemos encontrado. Pero después de un tiempo, toma posesión de usted. Usted comienza a ver a otros hombres y mujeres que se levantan y actúan como Jesús. Parece que no tienen conciencia de inferioridad ante el Padre, porque no tienen conciencia de pecado.

Si usted cree la Biblia (que Jesús es su justicia y que es una nueva criatura en Él), tampoco tendrá conciencia de pecado. Jesús retira el pecado por el sacrificio de sí mismo, y la única conciencia de pecado que usted tiene que tener será cuando haga algo que no es correcto. Cuando eso ocurra, puede usar la sangre y la defensa de Jesucristo.

Desgraciadamente, desde la Reforma protestante las iglesias han tenido tendencia a magnificar la conciencia de pecado. Hemos predicado del diablo; hemos predicado de nuestras propias debilidades e injusticia; hemos mantenido el pecado de las personas delante de ellas de forma tan continua, ¡que se ven a sí mismos como unas pobres y débiles lombrices de tierra!

Demasiados evangelistas vienen a nuestras iglesias queriendo lograr resultados. Predican con la intención de hacer que la congregación entera caiga bajo condenación y acuda al altar, todo para edificar su reputación ante el predicador como “gran evangelista”. Al hacerlo ¡han enseñado incredulidad! Han enseñado todo menos el evangelio de Cristo.

¿Qué es el evangelio? Es esto: que Jesús, gracias a su sacrificio sustitutorio, puede declarar que Él mismo es nuestra justicia desde el momento en que creemos en Él. Este es el milagro más sorprendente que podemos concebir: que Dios Padre imparte justicia a los creyentes en el momento en que aceptan al Señor Jesucristo como Salvador.

Para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe. (Filipenses 3:8–9)

Cuando usted aprenda a caminar como Jesús caminó, sin ninguna conciencia de inferioridad ante Dios o Satanás, ¡desarrollará una fe que asombrará al mundo!

¿Sabe lo que obstaculiza nuestra fe en la actualidad? Que antes de acudir ante el Señor, escuchamos al diablo. Por tanto, acudimos a Dios con un sentimiento de inferioridad ¡con el mensaje del diablo resonando aún en nuestros oídos! Demasiados cristianos viven en un temor continuo a Satanás. No se atreven a declarar que son libres; no se atreven a hacerle frente al diablo.

La justicia que Dios Padre nos ha impartido debería hacer que no tuviéramos temor en presencia de Satanás. Cuando dudamos de la integridad de la Palabra de Dios, le robamos a la obra de Jesucristo su eficacia, y nos quedamos sin poder ante el adversario.

La justicia de Dios nos ha sido impartida no como una “experiencia” sino como un hecho legal. Esta es la verdad más tremenda que Dios nos ha dado en la revelación paulina. El corazón del nuevo pacto es el hecho de que Dios Padre nos hace semejantes a Él.

¿Acaso no fue usted creado a su imagen y semejanza? (Véase Génesis 1:27). Esa imagen es una imagen de justicia. Si Dios declara que usted es justo, ¿qué hace usted condenándose a sí mismo?

Unión

Otra bendición que trae el pacto es su unión con Dios. Cuando Abraham y Dios cortaron el pacto, se hicieron uno. Jesús dijo: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él” (Juan 15:5).

¿Es usted un compañero de Cristo? ¿Habita, o mora, en Cristo? ¿Habita Él en usted?

Pablo dijo: “Y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

El término teológico encarnación literalmente significa “hecho carne” o “adoptar carne”. Se refiere a Dios Padre viniendo a la tierra en la forma de un hombre, su Hijo, Jesucristo. La encarnación era Dios haciéndose uno con nosotros. El pacto de sangre le llevó a Pablo a renegar de sí mismo y adoptar profundamente a Cristo como su vida. Jesucristo dejó atrás la gloria para venir a la tierra y hacerse uno con nosotros, así como para darnos una manera de conseguir la salvación eterna.

¿No se enfrentó Jesús al diablo y le venció por nosotros? (Véase 1 Juan 3:8). ¿No le despojó Jesús de su autoridad? (Véase Colosenses 2:15) ¿No le quitó a Satanás su armadura? (Véase Lucas 11:20–22). Como cristiano, usted puede estar tan tranquilo y sin temor en la presencia del infierno mismo y del diablo mismo como lo estaría en presencia de cualquier otro ser inferior.

Porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo.(1 Juan 4:4)

¿Por qué temer al diablo? ¿Por qué no estar ante el mundo como un conquistador? Usted está en una relación de pacto de sangre con el Dios Todopoderoso. Cuando nació de nuevo, entró en pacto con Él.

Los hombres fuertes de David eran símbolos de lo que podrían llegar a ser los cristianos. La Escritura nos dice que uno de sus hombres mató a ochocientos soldados enemigos en un sólo día (véase 2 Samuel 23:8).

¿Es usted partícipe de la naturaleza divina? Sí. (Véase 2 Pedro 1:4).

¿Es usted hijo de Dios? Sí. (Véase 1 Juan 3:2).

¿Le ha dado Dios Padre su justicia? Sí. (Véase Romanos 3:26).

¿Es Dios su justicia? Ciertamente. (Véase 2 Corintios 5:21).

¿Le ha dado Él derecho legal a usar el nombre de Jesús? Sin duda alguna. (Véase Juan 16:23).

¿Se da cuenta del tipo de hombre o mujer que es usted? Usted no es un enclenque. Póngase en pie como hijo de Dios que es.

Este es el reto: tenemos que vencer el efecto de las falsas enseñanzas.

Durante generaciones, muchos pastores nos han hablado y tratado como pecadores. Muchos de los antiguos himnos comienzan de manera bella, pero antes de terminar quedamos como enclenques que viven bajo la esclavitud de nuestro pecado, y nos dejan así. En casos así, Cristo pasa casi inadvertido para nosotros.

Identidad

La tercera bendición que encontramos en el nuevo pacto es la identidad. El objeto de la revelación del nuevo pacto es que sepamos quiénes y qué somos en Jesucristo.

Quizá se pregunte: “Pero, Dr. Kenyon, si usted supiera lo débil que soy”.

¿Qué dice Dios? Piense en el argumento y conclusión del libro de Hebreos: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe” (Hebreos 12:2).

Mientras se mire sólo a usted, no conseguirá nada. Será como Pedro cuando intentó caminar sobre las olas con Jesús. Al principio no se hundía, pero en el instante en que apartó su mirada de Jesús y observó las olas, comenzó a hundirse (véase Mateo 14:25–31).

Usted está conectado al Dios Todopoderoso.

Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios. (1 Juan 5:13)

Esto es lo que le da su posición legal ante Dios Padre, su lugar en el pacto.

Si entiendo el evangelio del Señor Jesucristo, es esto: que toda la capacidad, gloria y fortaleza del cielo están a disposición del creyente. Este es el hecho más milagroso que el mundo ha conocido jamás.

Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. (1 Pedro 4:11) Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

Su desafío para nosotros

En los últimos tiempos, creo que habrá una demostración del poder de Dios que hará que multitudes se levanten y vivan.

Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia.(Romanos 5:17)

Debemos reinar como reyes a través de Cristo y con Cristo.

¿Cómo? Sólo por fe.

¿Es Dios su justicia?

Quizá responda: “Estoy intentando hacerle mi justicia”.

¿Puede usted hacerle su justicia? Si cree en Jesucristo, entonces Él ya es su justicia.

Y si Él ya es su justicia, lo único que tiene que hacer es salir al mundo y actuar en consecuencia.

Atrévase a liberar a Dios en su vida.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 12

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Capítulo 12

El ministerio actual de Cristo

El ministerio actual de Cristo es un tema que muchos cristianos han descuidado. Innumerables personas, cuando piensan en que Jesús entregó su vida, piensan sólo en su muerte y resurrección. Muchos no saben que cuando Él se sentó a la diestra del Padre, comenzó a vivir por nosotros de manera tan real como cuando murió por nosotros.

Él ya no es el humilde hombre de Galilea, ya no es el Hijo hecho pecado por nosotros, olvidado de Dios.

Él es Señor de todo. Él ha vencido a Satanás, el pecado y la enfermedad. Él ha vencido a la muerte.

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. (Mateo 28:18)

Él posee toda autoridad en el cielo y la tierra. Podemos actuar sin temor sobre la base de su Palabra, porque Él la respalda. Él es nuestra fianza, o garantía de ello. “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22).

Jesús, nuestro Sumo Sacerdote

El sumo sacerdote del antiguo pacto era simbólico de Cristo, el Sumo Sacerdote del nuevo pacto.

Cristo entró en el cielo mismo con su propia sangre, habiendo obtenido la redención eterna que los sacrificios sacerdotales nunca hubieran podido obtener.

Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. (Hebreos 10:11)

Cuando Dios aceptó la sangre de Jesucristo, dio a entender que se habían cumplido las demandas de la justicia, y que el hombre podía salir legalmente de la autoridad de Satanás y ser restaurado para volver a tener comunión con Él.

Mediante su sacrificio, Cristo quitó de en medio el pecado.

Mediante su sacrificio, Cristo santificó a la humanidad.

Santificar significa “apartar”, o “separar”. Cristo apartó al hombre del reino y la familia de Satanás.

Cuando Cristo se encontró con María después de su resurrección, dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre” (Juan 20:17). Enseguida, se dirigió al Padre con su propia sangre, una señal del castigo que había pagado. Sin embargo, su ministerio como Sumo Sacerdote no terminó cuando llevó su sangre al Lugar Santísimo del cielo. Él sigue siendo el Ministro del santuario.

Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre.(Hebreos 8:1–2)

La palabra griega traducida como “santuario” también significa “cosas santas”. Jesús sigue ministrando en las “cosas santas”, las cuales incluyen nuestras oraciones y adoración. No siempre sabemos cómo adorarle como debiéramos, pero Él toma nuestras a menudo crudas peticiones y adoración y hace de ellas algo hermoso para el Padre.

Cada oración y acto de adoración es aceptado por el Padre cuando se presenta en el nombre de Jesús. Él es un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel. Él siente los sentimientos de nuestras debilidades.

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.(Hebreos 4:14–16) Jesús es Sumo Sacerdote para siempre (véase Hebreos 6:20).

Jesús, el Mediador

Cuando Cristo se sentó a la diestra del Padre, satisfizo las demandas de la justicia y se convirtió en Mediador entre Dios y el hombre.

Jesús es el Mediador del hombre por dos razones: por lo que Él es y por lo que ha hecho.

Primero, Jesús es el Mediador del hombre por lo que Él es: la unión de Dios y el hombre.

Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre. (Filipenses 2:8–9)

Jesús existe en igualdad con Dios pero también tomó condición de hombre, y unió con ello la brecha que existía entre Dios y el hombre. Él es igual a Dios e igual al hombre. Él representa la humanidad delante de Dios.

Sin embargo, esto no era suficiente para mediar entre Dios y el hombre. El hombre era un delincuente eterno ante Dios. El hombre estaba separado de Dios y bajo el juicio de Satanás. Esto nos lleva al segundo hecho: Jesús es el Mediador del hombre debido a lo que Él ha hecho.

… Ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. (Colosenses 1:21–22)

Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo.(2 Corintios 5:18)

No podría haber habido Mediador entre Dios y el hombre si no hubiera habido primero una reconciliación entre Dios y el hombre. El hombre era injusto y estaba en una condición de muerte espiritual. Estando en esa condición, la humanidad no podía acercarse a Dios, y tampoco ningún otro mediador podría haberse acercado a Dios en representación de la humanidad.

Cristo nos reconcilió con Dios a través de su muerte en la cruz para poder ahora presentar al hombre delante de Dios como santo y sin mancha. Después de la ascensión de Cristo a la diestra de Dios, el hombre recibió el derecho a acercarse al trono a través de Jesús, su Mediador. Desde la caída del hombre hasta que Jesús se sentó a la diestra de Dios, ningún hombre había podido acercarse a Dios, salvo a través del sacrificio de sangre ofrecido por los sacerdotes o mediante una visitación angelical o sueño.

Gracias a la ofrenda sacerdotal de su propia sangre, Jesús llevó a cabo nuestra redención; satisfizo las demandas de la justicia e hizo posible que Dios legalmente le diera vida eterna al hombre, haciendo al hombre justo y dándole la posición de un hijo.

Cristo es el Mediador del nuevo pacto (véase Hebreos 9:15).

Él es el Mediator sacerdotal que ha presentado a los hombres perdidos ante Dios.

El hombre no puede acercarse a Dios si no es mediante su nuevo Mediador.

Por un sacrificio, Cristo quitó de en medio el pecado, y mediante un acto llevó su sangre al Lugar Santísimo.

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo.(Hebreos 10:19)

Por ese hecho, Cristo declaró que todos podían entrar con confianza a través del velo hasta la presencia misma del Padre, para poder estar allí sin condenación.

Oh, si pudiéramos hacer que la iglesia entendiera esta bendita verdad. Se enseña mucho la conciencia de pecado en la iglesia y muy poco la conciencia de la obra terminada de Cristo.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. (Hebreos 4:16)

Me parece como si el apóstol Pablo estuviera diciendo: “Dejen de llorar, dejen de gemir y entren con gozo al trono de amor, donde podrán llenar su cesta de bendiciones”.

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. (Hebreos 10:12–13)

El sacrificio único de la propia sangre de Cristo ha hecho que todo esto esté disponible para aquellos que le aceptan como Señor y Salvador. Su obra está terminada. En la mente del Padre, nuestra redención está completa.

Jesús, el Intercesor

Como Sumo Sacerdote, Jesús llevó su sangre al Lugar Santísimo, satisfaciendo las demandas de la justicia que se disponían contra el hombre natural.

Como Mediador, Él presenta a Dios al hombre no salvo.

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6)

Jesús es el único camino a Dios. Nadie puede acercarse a Dios si no es a través de Él. En el momento en que el hombre acepta a Cristo, se convierte en hijo de Dios. Entonces, Cristo comienza su obra intercesora por él.

Jesús es Mediador para el pecador, pero es Intercesor para el cristiano.

La primera pregunta que se nos plantea es: ¿Por qué necesita el hijo de Dios alguien que interceda?

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.  (Romanos 12:2)

En el nuevo nacimiento, nuestro espíritu recibe la vida de Dios. Nuestra siguiente necesidad es renovar nuestra mente.

Antes de formar parte de la familia de Dios, caminábamos como hombres y mujeres naturales. Satanás gobernaba nuestra mente. Ahora que nuestro espíritu ha recibido la vida de Dios, nuestra mente debe ser renovada para que podamos conocer nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.

El nuevo nacimiento es instantáneo, pero la renovación de nuestra mente es un proceso gradual. Su progreso depende del tiempo que pasemos estudiando y meditando la Palabra de Dios.

Durante este periodo, necesitamos la intercesión de Cristo.

A menudo, rompemos nuestra comunión con el Padre haciendo cosas que a Él no le agradan. En esas ocasiones, necesitamos la intercesión de Cristo debido a la persecución demoniaca que lucha contra nosotros.

Los demonios nos persiguen por causa de la justicia. Ellos nos odian y nos temen porque Dios nos ha declarado justos. Debido a que no hemos entendido del todo nuestra autoridad en Cristo, esos demonios pueden hacernos tropezar. A pesar de esto, Jesús “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. (Romanos 8:33–34)

Nadie puede acusar a un hijo de Dios, porque hemos sido declarados justos. Nadie puede condenarnos. Jesús vive para interceder por nosotros.

Jesús, el Abogado

Acudimos al Padre a través de Cristo, nuestro Mediador.

Hemos sentido la dulce influencia de Cristo el Intercesor por nosotros.

Ahora, también debemos conocerle como nuestro Abogado ante el Padre.

Muchos cristianos que viven con una relación rota con Dios podrían vivir vidas victoriosas en Cristo hoy mismo si tan sólo supieran que Jesús es su Abogado.

Debido a nuestras mentes no renovadas y a la persecución satánica, a veces pecamos, haciendo que nuestra relación con el Padre se rompa. Cada hijo de Dios que rompe su comunión con el Padre queda bajo condenación. Si no tuviera abogado que presentara su caso ante el Padre, quedaría en una triste y lamentable situación.

Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1)

Piense en el significado de la palabra “abogado”. En el diccionario se define como “alguien que presenta la causa de otro ante un tribunal o sala judicial… alguien que defiende o mantiene una causa o proposición… alguien que apoya o promueve los intereses de otro”.

Cristo es nuestro Defensor, nuestro Promotor. Él siempre está ahí, a la diestra de Dios, listo para ayudarnos e interceder por nosotros.

Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.(1 Juan 1:9)

Este es el método de Dios para mantener nuestra comunión con Él. Si nuestra comunión se rompe debido a nuestro pecado, podemos renovar esa comunión confesando nuestro pecado. Jesús no puede actuar como nuestro Abogado a menos que confesemos nuestros pecados. Cuando los confesamos, Él defiende nuestro caso ante el Padre.

La Palabra declara que cuando confesamos nuestros pecados, Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Él los borra como si nunca hubieran estado ahí.

Ningún cristiano debería permanecer en una comunión rota durante más tiempo que el necesario para pedir perdón.

Cuando el Padre perdona, olvida. Un hijo suyo nunca debería deshonrar su Palabra pensando una y otra vez en sus pecados.

Jesús, la Garantía

Jesús es nuestra fianza personal, o nuestra garantía. Este quizá sea el más vital de todos los ministerios de Jesús a la diestra del Padre.

Bajo el antiguo pacto, el sumo sacerdote era la garantía del hombre. Si fallaba, interrumpía la relación entre Dios e Israel. La sangre de la expiación perdía su eficacia.

Bajo el nuevo pacto, Jesús es el sumo sacerdote y la garantía del nuevo pacto. Nuestra posición ante el Padre es totalmente segura.

Durante todo el tiempo que pasemos ante el trono de Dios, sabemos que tenemos un Hombre a la diestra de Dios que está ahí para ayudarnos. Nos representa ante el Padre. Siempre tiene una buena posición con el Padre, siempre, independientemente de cuál sea nuestra posición. Tenemos alguien que nos representa ante el Padre.

Nuestra posición está segura.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 11

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Capítulo 11

El sacrificio único

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios. (Hebreos 10:12)

El sacrificio único de Jesús lo cambió todo para los creyentes judíos.

Este nuevo pacto significaba un cambio en el sacerdocio que probablemente dejó a muchos israelitas sintiéndose como “sin techo” al salir de la seguridad y la tradición del templo para predicar en las calles o asistir a pequeñas reuniones en las casas.

El nuevo pacto puso fin al sacrificio de animales como sacrificios de sangre en el Lugar Santísimo. Fue el final del día de la expiación, el día anual de humillación y expiación por los pecados de la nación, cuando el sumo sacerdote apartaba sus ornamentos oficiales y llevaba consigo la sangre sacrificial al Lugar Santísimo para hacer sacrificios por él mismo, por el sacerdocio y por todo el pueblo.

Fue el final de la práctica de seleccionar dos machos cabríos, uno para sacrificarlo a Jehová y otro para convertirlo en el chivo expiatorio que llevaría los pecados del pueblo al desierto.

Mas Jesús, dando una gran voz, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. (Marcos 15:37–38)

Cuando Jesús murió, el velo que separaba el Lugar Santísimo, donde se derramaba la sangre sacrificial sobre el propiciatorio, del resto del templo, se rasgó en dos. Ese fue el final de la existencia del Lugar Santísimo en la tierra. Fue el comienzo de un nuevo pacto en la sangre de Jesús.

Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre. (Hechos 20:28)

Aquí, el apóstol Pablo dejó claro que la sangre de Jesús también era la sangre de Dios.

Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención. (Hebreos 9:11–12)

Jesús llevó esta sangre divina al Lugar Santísimo en un nuevo tabernáculo, uno no hecho a mano sino en el cielo. Fue un sacrificio único.

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El Pacto de Sangre – Capítulo 9

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Capítulo 9

Contraste entre los dos pactos

Echemos un vistazo a los dos grandes pactos de la Biblia: el pacto abrahámico, también conocido como el antiguo pacto, y el nuevo pacto.

El antiguo pacto era entre Abraham y Jehová y se selló con la circuncisión.

Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros… y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto. (Génesis 17:9–11, 13–14)

Este era el pacto abrahámico. La ley que después se entregó mediante Moisés se convirtió en el método por el que se administraba este pacto, con su establecimiento del sacerdocio, los sacrificios, las ceremonias y las ofrendas. En el instante en que se quebrantó la ley, Dios proveyó la expiación (o cobertura) para restablecer el acuerdo roto (véase Éxodo 24).

La palabra expiación no es una palabra del Nuevo Testamento; no aparece en el griego del Nuevo Testamento ¿Por qué? Mientras que la expiación solamente nos cubre, la sangre de Jesucristo nos limpia por completo. En otras palabras, el antiguo pacto sólo cubría el pecado; el nuevo pacto borra nuestro pecado.

El antiguo pacto no nos daba una comunión total con Dios sino sólo un tipo de comunión. A Israel le aportó protección y suplió sus necesidades físicas. Dios era el Sanador de Israel, su Protector y Proveedor. De igual modo, el antiguo pacto no ofrecía vida eterna o nuevo nacimiento. Era tan sólo una sombra. Los sacrificios del templo no podían hacer que el hombre fuera santo. Por tanto, el antiguo pacto sólo servía como la promesa de un nuevo y mejor pacto que un día llegaría.

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. (Hebreos 10:1–2)

La sangre de los becerros y machos cabríos era incapaz de limpiar la conciencia de pecado del hombre.

Alabado sea Dios, que hay un sacrificio que limpia la conciencia de pecado para que el hombre pueda estar ante la presencia del Padre libre de condenación.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)

Dios se convierte en nuestra justicia, o nuestra justificación, “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

El ministro del santuario

El antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, la sangre de Abraham.

Este nuevo pacto queda sellado con la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el antiguo pacto, el sumo sacerdote entraba en un tabernáculo hecho por el hombre una vez al año para ofrecer sacrificios de sangre por los pecados de la nación. Si el sumo sacerdote no hacía sus tareas, el pueblo no tenía otra manera de llegar a Dios.

En el nuevo pacto tenemos un nuevo Sumo Sacerdote, Jesucristo, que nunca fallará a su pueblo. Él es el ministro del verdadero tabernáculo, el cual no construyeron manos de hombres sino el Señor mismo.

tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos… Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. (Hebreos 8:1, 6)

El sumo sacerdote del antiguo pacto era un mediador terrenal entre Israel y Jehová. Bajo el nuevo pacto, Jesús se convirtió en nuestro Mediador ante Dios, una función que exploraremos más en el siguiente capítulo.

 

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El Pacto de Sangre – Capítulo 8

pacto de sangre 8

Capítulo 8

El nuevo pacto

Ese es el trasfondo histórico cuando llegamos al Nuevo Testamento.

Cuando Jesús se reunió con sus discípulos la noche antes de su crucifixión, dijo:

¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca!… Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. (Lucas 22:15, 19–20)

El antiguo pacto de sangre fue la base sobre la que se fundó el nuevo pacto. Ahora podrá entender que cuando Jesús dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre”, los discípulos supieran lo que Él quería decir. Ellos conocían el significado del antiguo pacto de sangre; sabían que cuando cortaron el pacto con Jesús en ese aposento alto, habían entrado en el pacto más fuerte y sagrado que el corazón humano conoce.

Jesús, la fianza

Jesús nos da un nuevo pacto, habiendo reemplazado y cumplido el antiguo pacto (véase Hebreos 10:9). Así como el antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, el nuevo pacto queda sellado con el nuevo nacimiento. El antiguo pacto tenía el sacerdocio levítico. Ahora el nuevo pacto tiene a Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. Somos su sacerdocio real y santo.

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia. (1 Pedro 2:9–10)

El primer sacerdocio tenía un templo en el que Dios moraba en el Lugar Santísimo con el arca del pacto. En el nuevo pacto, nuestros cuerpos son el templo de Dios. Su Espíritu mora en nosotros.

Jehová era la fianza (o garantía) del antiguo pacto.

Jesús respalda cada frase en el nuevo pacto. “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22). Él es el gran Intercesor del nuevo pacto.

[Jesús] puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. (versículo 25)

Dios mismo se ató con un juramento como la fianza del antiguo pacto. El día en que Abraham ofreció a su precioso hijo Isaac como sacrificio, Dios dijo: “Por mí mismo he jurado” (Génesis 22:16).

Así como Dios respaldó el antiguo pacto como su garantía, de igual modo Jesús es la garantía de cada palabra del nuevo pacto.

¡Qué fe tan fuerte debiera ser edificada sobre este fundamento! Los recursos del cielo respaldan a Jesús y a nuestro nuevo pacto.

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La RECETA del Gran Médico para DEJAR la Tibieza

recetadelgranmedico

Desde que me convertí he escuchado las palabras de los profetas de condenación llamando “tibios” a todos los que no cumplían con sus códigos de conducta, es decir, la ley que ellos mismos habían creado, siempre basados en el Antiguo Pacto, o lo que ellos consideraban que era bueno o malo.

Pero la pregunta de fondo, es, ¿qué es ser tibio?

Vayamos a Apocalipsis 3 donde es la única vez que aparece este pasaje en la Biblia, y que ha sido la fuente de inspiración de los creyentes legalistas para ametrallar a sus hermanos en Cristo con duras palabras de condenación:

Apocalipsis 3:14-22
14 Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto:
15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. !!Ojalá fueses frío o caliente!
16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.
17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la verguenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.
19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
21 Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.
22 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

Esta iglesia de Laodicea es considerada la segunda peor Iglesia de las 7 de Apocalipsis, ya que a la de Sardis la llama “muerta” (3:1).

Cuando hablan acerca de esta iglesia, la gente piensa que su problema es que era rica, y puede que eso sea cierto, pero la Biblia va más allá de eso.

Empieza diciendo: “Yo conozco tus obras”. Entonces vemos que este no es un asunto de riquezas sino de obras.

Y luego le dice: “Tú no eres ni frío ni caliente, eres tibio.”

Como hemos dicho, la palabra tibieza sale una sola vez en la Biblia, solo en este pasaje, entonces, para un buen entendimiento de la Biblia debemos ver palabras con significado o sentido similar en la Biblia.

Definamos que es algo tibio, si en un balde colocas agua fría y caliente, obtienes agua tibia; es decir, es una mezcla de dos cosas diferentes.

¿Qué nos dice la Biblia de las “mezclas”?

Levítico 19:19
19 Mis estatutos guardarás. No harás ayuntar tu ganado con animales de otra especie; tu campo no sembrarás con mezcla de semillas, y no te pondrás vestidos con mezcla de hilos.

En este pasaje de la ley de Moisés vemos que a Dios prohibió las mezclas, tanto de animales, como de semillas y hasta de hilos de vestidos.

¿Nos está hablando Dios de la cultura transgénica de hoy? No, no habla de eso, recordemos que toda la ley apunta a Cristo, así que el significado debe ser un poco diferente.

También en Éxodo 34:15-16 y Deuteronomio 7:2-4 Dios le prohibió a la nación judía mezclarse y casarse con las naciones vecinas. ¿Está hablando Dios de racismo o “supremacía judía”?

Tampoco, nuevamente toda la ley apunta a Cristo.

Vemos en los Evangelio las palabras de Jesús acerca del tema para clarificar más:

Mateo 9:16-17
16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.

Es evidente que Jesús no está hablando solamente de parches, vestidos, vinos y odres; el significado va más allá de eso.

Los parches nos hablan de los dos pactos, los vestidos de la salvación, uno no se salva por la mezcla del Antiguo y del Nuevo Pacto.

Nuevamente, el vino y los odres nos hablan del Antiguo y el Nuevo Pacto; no se pueden mezclar la ley con la gracia, no se pueden conservar juntamente.

En esencia, la ley nos habla del esfuerzo humano para cumplir los 613 mandatos de la ley, los cuales deben cumplirse sin ninguna falla para ser justificados, lo cual es totalmente es imposible.

La gracia nos habla del amor de Dios por el hombre, que sin tomar en cuenta sus imposibilidades y pecados ofrece salvación por medio de la fe en Jesucristo.

Veamos en Gálatas 5 un poco más de las mezclas:

Gálatas 5:1-4
1 Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.
2 He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo.
3 Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley.
4 De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído.

El problema de los Gálatas era que habiendo recibido la salvación por gracia, debido a su fe en Jesucristo, vinieron los judaizantes diciéndoles que eso no era suficiente; que debía añadirle la ley a la gracia para ser salvos.

Pablo les dice que si mezclan la gracia, que habían recibido, con la ley se caían de la gracia.

Vemos que a Dios no le agradan las mezclas.

Volvamos a nuestra iglesia tibia de Laodicea, ellos habían mezclado el agua fría de la ley, con el agua caliente de la gracia, y como resultado apareció una apestosa agua tibia que le provocó nauseas a Jesús.

La tibieza espiritual resulta de mezclar la ley con la gracia para tratar de justificarnos ante Dios.

El creyente de Laodicea decía: Soy rico, no tengo necesidad de nada, mis obras y la ley me bastan. Ellos pensaban que eran justificados ante Dios por las obras meritorias del esfuerzo humano y el cumplimiento estricto de la ley.

Esto me hace recordar la historia del joven rico y Jesús en Marcos 10:17-30.

El joven rico llegó a Jesús con la autosuficiencia de una persona que se siente digna para recibir la salvación por haber cumplido la ley a cabalidad.

Le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?” Es decir, ¿que esfuerzo humano más debo hacer para alcanzar la salvación? Estaba colocando sus ojos en las obras que tenía que hacer para ser salvo.

Jesús le dijo: “Bueno, tú conoces la ley“; y la empezó a citar.

Él le dijo: “Jesús yo, yo le he hecho desde joven.” Es decir mi propio esfuerzo lo ha alcanzado.

Y cuando el joven estaba realmente emocionado, Jesús le dijo: “Solo una cosa te falta“, es decir le dijo: “¿Creíste que cumplir la ley era suficiente? Hay algo más que debes hacer.”

La ley es como un pozo tan profundo que nunca puedes llegar al fondo, siempre hay algo más que debes hacer.

Le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz.”

Le estaba diciendo, es momento de que dejes todo lo que has ganado con tu esfuerzo humano, todas riquezas que piensas que has obtenido por el cumplimiento de la ley de Moisés, y ven, sígueme poniendo tu confianza en tu cruz, que es la fe en lo que obtuvo para ti la cruz de Cristo.

Es lo que le dijo a la iglesia de Laodicea: “Ustedes piensan que han atesorado riquezas suficientes para alcanzar la salvación por medio de su cumplimiento de la ley y las obras meritorias de su esfuerzo humano; pero les tengo noticias, UNA COSA LES FALTA.”

Les está diciendo que todo lo que habían hecho no les había servido para nada, el  mezclar la gracia con la ley, aunque a los ojos de la gente sea sinónimo de santidad, para Dios no lo es, sino todo lo contrario.

Y ahora viene con la solución para el problema, es tiempo de cambiar sus esfuerzos por mi gracia. Es el hacer lo que le dije al joven rico, vendan todas sus “riquezas espirituales“, y “compren” las que valen, las riquezas de mi gracia.

¿Pero cómo?

Jesús les dijo: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

Les dice como al joven rico: “No pongan sus ojos en la ley ni en sus obras, pongan sus ojos solo en mí.”

Como conclusión, ya que la tibieza es la mezcla de la ley y la gracia, la receta del Gran Médico, es dejar de mezclarlas para nuestra justificación y poner nuestros ojos solo en Jesucristo.

 

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Hemos creído y conocido Su amor

hemos creido y conocido el amor

En 1 Juan 4:16 dice: “Y nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros. Dios es amor….”

Estas palabras encierran una gran verdad, Dios nos ama; el no está enojado con nosotros, Dios es amor y nos ama. Su misma naturaleza, Su misma esencia es el amor y eso es lo que Él tiene por nosotros.

En Juan 3:16 vemos la mayor manifestación del amor de Dios por nosotros: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

Esta frase, “de tal manera“, nos muestra la intensidad y grandeza de su amor por nosotros.

He escuchado predicadores de condenación “famosos“,  Juanetes Bautistas del Siglo XXI, decir: “Dios odia el pecado y odia al pecador.” Me pregunto si es que han leído Romanos 5:8 donde dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.”

¿Pueden imaginarse esto? Nosotros eramos pecadores, pero aún así Dios nos amo y envió a Jesús, Su hijo unigénito para morir por la humanidad.

En la oración de Efesios 3, Pablo nos anima a conocer más y más de ese amor:

14 Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo,
15 de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra,
16 para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu;
17 para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor,
18 seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura,
19 y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.
20 Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros,
21 a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.

Cuando era joven en el Señor cantábamos la canción “El amor de Dios es maravilloso”; el coro de esta canción decía: “Tan alto que no puedes estar más alto que él, tan bajo que no puedes estar debajo de él tan ancho que no puedes estar afuera de él, grande es el amor de Dios.”

El amor de Dios es como una burbuja que nos rodea de la que no podemos salir por más que lo intentemos, Dios está ahí con nosotros cuidándonos, protegiéndonos, amándonos.

En Romanos 8 vemos más de ese amor maravilloso de Dios por nosotros:

31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.
34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.
35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?
36 Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero.
37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.
38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,
39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Ese amor tan grande se manifestó cuando Cristo vino al mundo a morir por nosotros; y Pablo no hace reflexionar, al decir que si Dios no escatimo en dar a Su hijo unigénito por la salvación del mundo, ¿cómo no nos dará con Él todas las cosas?

Pero va más allá al decirnos que no hay nada que pueda separarnos de ese amor de ese amor tan grande e inmenso que Dios tiene por nosotros, nada ni nadie, ni siquiera nosotros mismos, porque Dios nos ama.

Algunos creyentes se condenan pensando que sus pecados los alejan de Dios, pero nos se dan cuenta la verdad que encierra 2 Corintios 5;19; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, si Dios antes que lo conocieras no tomaba en cuenta tus pecados, ¿qué te hace pensar que lo hace ahora?

En 2 Corintios 5:21 dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.

Dios no toma en cuenta tus pecados porque los puso en Cristo, Él tomó tu lugar, Él se hizo pecado por ti, Él sufrió el castigo del pecado por ti, al morir en la cruz y descendiendo a las partes más bajas de la tierra por ti. Lo hizo para que no tengas que pasar por ello.

Por eso debemos ir a las Escrituras para conocer y entender Su amor por nosotros, y recibir todos los beneficios de ese amor.

Ya que has conocido de Su amor, empieza a creer que Dios te ama.

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100 Días de Favor (Joseph Prince) – Devocionales del 1 al 10

100diasdefavordia

Este es un gran libro de Joseph Prince, en el cual encuentras 100 devocionales con los que puedes empezar tu día llenándote del favor de Dios.

Diariamente estoy traduciendo un devocional y subiéndolo a mi blog “Gracia Extrema”, en este post te dejo los links de los 10 primeros para que puedas llenarte del favor de Dios para tu vida.

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