El Pacto de Sangre – Capítulo 13


pacto de sangre 13

Capítulo 13

Tres grandes palabras

Remisión

Esta es una de las grandes palabras del nuevo pacto. Es limpiar algo de tal forma como si nunca hubiera ocurrido. Cuando se disuelve un ejército, queda remitido, deja de existir. Cuando Dios remite nuestros pecados, también son borrados, como si nunca hubieran sucedido.

La palabra remisión nunca se usa en las Escrituras a menos que sea en conexión con el nuevo nacimiento. Al convertirnos y hacernos cristianos, nuestros pecados fueron perdonados sobre la base de nuestra relación con Cristo y su intercesión por nosotros. Cuando acudimos a Cristo como pecadores, le aceptamos como Salvador y le confesamos como Señor, todos los pecados que hubiéramos cometido son borrados. En el nuevo nacimiento, todo lo que habíamos sido deja de ser y se produce una nueva creación en lugar de la antigua.

La palabra para remisión se traduce siete veces en las Epístolas como “perdón” o “redención”. En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados. (Efesios 1:7, énfasis añadido)

Podemos encontrar casos similares en Lucas 24:47, Hechos 2:38; 26:18 y Colosenses 1:13–14.

La remisión de nuestros pecados toma el lugar del chivo expiatorio que desaparecía con los pecados de Israel una vez al año bajo el antiguo pacto.

Gracias a la sangre de Cristo, nuestros pecados son remitidos, y nosotros somos recreados.

Perdón

Perdón es una palabra de relación. Ahora estoy hablando desde el punto de vista de un nuevo pacto.

Cuando el pecador acepta a Cristo como Salvador, su espíritu es recreado y sus pecados son remitidos, pero si se es ignorante, se puede permanecer con una conciencia de pecado. Sobre la base de su relación como hijo de Dios, y sobre la base del ministerio de Jesús a la diestra del Padre, encontramos el fundamento para el perdón de cualquier pecado que hayamos cometido.

Los primeros dos capítulos de 1 Juan tratan este gran asunto del perdón. Cuando un hijo de Dios comete pecado, no rompe su relación con Dios; simplemente rompe la comunión, del mismo modo que lo hacen un esposo y una esposa cuando se dicen palabras hirientes. Se rompe la armonía del hogar pero no la relación de matrimonio. En la mayoría de los casos, esta ruptura se puede restaurar pidiendo perdón. Estamos tan constituidos legalmente que podemos perdonar.

Lo mismo es cierto entre un cristiano y Dios Padre.

En el momento en que pecamos, nuestra comunión con el Padre se rompe. Pero “si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).

Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1)

Esa notable expresión “el justo” está envuelta con el maravilloso don de la gracia.

Expiación

El antiguo pacto tenía la ley, la cual llamamos la ley mosaica (el sacerdocio, los sacrificios y las ordenanzas). Cuando se quebrantó la ley (como era obvio que sucedería, ya que Israel estaba espiritualmente muerta), se ordenó el sacerdocio para hacer una “expiación” (o una cobertura) para ellos.

Los israelitas no tenían vida eterna. Eso no llegaría hasta que Jesús los redimiera (y a nosotros) mediante su encarnación, crucifixión y resurrección. La llegada de la vida eterna es el mayor acontecimiento en la experiencia de cualquier ser humano.

En el gran día de la expiación ocurrían dos cosas destacadas.

En primer lugar, rodeado de extremas precauciones, el sumo sacerdote llevaba la sangre de un animal inocente al Lugar Santísimo, donde la rociaba sobre el propiciatorio que cubría el arca del pacto que contenía la ley quebrantada. Al hacerlo, hacía que Israel estuviera cubierta por la sangre durante otro año.

Porque la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas; y la misma sangre hará expiación de la persona.(Levítico 17:11)

Era la vida de un animal inocente rociada sobre la espiritualmente muerta Israel.

En segundo lugar estaba el chivo expiatorio. Aarón traspasaba los pecados de Israel sobre la cabeza del chivo expiatorio, el cual era liberado al desierto para ser devorado por las bestias salvajes. Durante otro año, Israel era libre (cubierta por la sangre) y sus pecados eran borrados.

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