El Pacto de Sangre – Capítulo 12


pacto de sangre 12

Capítulo 12

El ministerio actual de Cristo

El ministerio actual de Cristo es un tema que muchos cristianos han descuidado. Innumerables personas, cuando piensan en que Jesús entregó su vida, piensan sólo en su muerte y resurrección. Muchos no saben que cuando Él se sentó a la diestra del Padre, comenzó a vivir por nosotros de manera tan real como cuando murió por nosotros.

Él ya no es el humilde hombre de Galilea, ya no es el Hijo hecho pecado por nosotros, olvidado de Dios.

Él es Señor de todo. Él ha vencido a Satanás, el pecado y la enfermedad. Él ha vencido a la muerte.

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. (Mateo 28:18)

Él posee toda autoridad en el cielo y la tierra. Podemos actuar sin temor sobre la base de su Palabra, porque Él la respalda. Él es nuestra fianza, o garantía de ello. “Por tanto, Jesús es hecho fiador de un mejor pacto” (Hebreos 7:22).

Jesús, nuestro Sumo Sacerdote

El sumo sacerdote del antiguo pacto era simbólico de Cristo, el Sumo Sacerdote del nuevo pacto.

Cristo entró en el cielo mismo con su propia sangre, habiendo obtenido la redención eterna que los sacrificios sacerdotales nunca hubieran podido obtener.

Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados. (Hebreos 10:11)

Cuando Dios aceptó la sangre de Jesucristo, dio a entender que se habían cumplido las demandas de la justicia, y que el hombre podía salir legalmente de la autoridad de Satanás y ser restaurado para volver a tener comunión con Él.

Mediante su sacrificio, Cristo quitó de en medio el pecado.

Mediante su sacrificio, Cristo santificó a la humanidad.

Santificar significa “apartar”, o “separar”. Cristo apartó al hombre del reino y la familia de Satanás.

Cuando Cristo se encontró con María después de su resurrección, dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre” (Juan 20:17). Enseguida, se dirigió al Padre con su propia sangre, una señal del castigo que había pagado. Sin embargo, su ministerio como Sumo Sacerdote no terminó cuando llevó su sangre al Lugar Santísimo del cielo. Él sigue siendo el Ministro del santuario.

Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre.(Hebreos 8:1–2)

La palabra griega traducida como “santuario” también significa “cosas santas”. Jesús sigue ministrando en las “cosas santas”, las cuales incluyen nuestras oraciones y adoración. No siempre sabemos cómo adorarle como debiéramos, pero Él toma nuestras a menudo crudas peticiones y adoración y hace de ellas algo hermoso para el Padre.

Cada oración y acto de adoración es aceptado por el Padre cuando se presenta en el nombre de Jesús. Él es un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel. Él siente los sentimientos de nuestras debilidades.

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.(Hebreos 4:14–16) Jesús es Sumo Sacerdote para siempre (véase Hebreos 6:20).

Jesús, el Mediador

Cuando Cristo se sentó a la diestra del Padre, satisfizo las demandas de la justicia y se convirtió en Mediador entre Dios y el hombre.

Jesús es el Mediador del hombre por dos razones: por lo que Él es y por lo que ha hecho.

Primero, Jesús es el Mediador del hombre por lo que Él es: la unión de Dios y el hombre.

Y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre. (Filipenses 2:8–9)

Jesús existe en igualdad con Dios pero también tomó condición de hombre, y unió con ello la brecha que existía entre Dios y el hombre. Él es igual a Dios e igual al hombre. Él representa la humanidad delante de Dios.

Sin embargo, esto no era suficiente para mediar entre Dios y el hombre. El hombre era un delincuente eterno ante Dios. El hombre estaba separado de Dios y bajo el juicio de Satanás. Esto nos lleva al segundo hecho: Jesús es el Mediador del hombre debido a lo que Él ha hecho.

… Ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. (Colosenses 1:21–22)

Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo.(2 Corintios 5:18)

No podría haber habido Mediador entre Dios y el hombre si no hubiera habido primero una reconciliación entre Dios y el hombre. El hombre era injusto y estaba en una condición de muerte espiritual. Estando en esa condición, la humanidad no podía acercarse a Dios, y tampoco ningún otro mediador podría haberse acercado a Dios en representación de la humanidad.

Cristo nos reconcilió con Dios a través de su muerte en la cruz para poder ahora presentar al hombre delante de Dios como santo y sin mancha. Después de la ascensión de Cristo a la diestra de Dios, el hombre recibió el derecho a acercarse al trono a través de Jesús, su Mediador. Desde la caída del hombre hasta que Jesús se sentó a la diestra de Dios, ningún hombre había podido acercarse a Dios, salvo a través del sacrificio de sangre ofrecido por los sacerdotes o mediante una visitación angelical o sueño.

Gracias a la ofrenda sacerdotal de su propia sangre, Jesús llevó a cabo nuestra redención; satisfizo las demandas de la justicia e hizo posible que Dios legalmente le diera vida eterna al hombre, haciendo al hombre justo y dándole la posición de un hijo.

Cristo es el Mediador del nuevo pacto (véase Hebreos 9:15).

Él es el Mediator sacerdotal que ha presentado a los hombres perdidos ante Dios.

El hombre no puede acercarse a Dios si no es mediante su nuevo Mediador.

Por un sacrificio, Cristo quitó de en medio el pecado, y mediante un acto llevó su sangre al Lugar Santísimo.

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo.(Hebreos 10:19)

Por ese hecho, Cristo declaró que todos podían entrar con confianza a través del velo hasta la presencia misma del Padre, para poder estar allí sin condenación.

Oh, si pudiéramos hacer que la iglesia entendiera esta bendita verdad. Se enseña mucho la conciencia de pecado en la iglesia y muy poco la conciencia de la obra terminada de Cristo.

Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro. (Hebreos 4:16)

Me parece como si el apóstol Pablo estuviera diciendo: “Dejen de llorar, dejen de gemir y entren con gozo al trono de amor, donde podrán llenar su cesta de bendiciones”.

Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. (Hebreos 10:12–13)

El sacrificio único de la propia sangre de Cristo ha hecho que todo esto esté disponible para aquellos que le aceptan como Señor y Salvador. Su obra está terminada. En la mente del Padre, nuestra redención está completa.

Jesús, el Intercesor

Como Sumo Sacerdote, Jesús llevó su sangre al Lugar Santísimo, satisfaciendo las demandas de la justicia que se disponían contra el hombre natural.

Como Mediador, Él presenta a Dios al hombre no salvo.

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14:6)

Jesús es el único camino a Dios. Nadie puede acercarse a Dios si no es a través de Él. En el momento en que el hombre acepta a Cristo, se convierte en hijo de Dios. Entonces, Cristo comienza su obra intercesora por él.

Jesús es Mediador para el pecador, pero es Intercesor para el cristiano.

La primera pregunta que se nos plantea es: ¿Por qué necesita el hijo de Dios alguien que interceda?

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.  (Romanos 12:2)

En el nuevo nacimiento, nuestro espíritu recibe la vida de Dios. Nuestra siguiente necesidad es renovar nuestra mente.

Antes de formar parte de la familia de Dios, caminábamos como hombres y mujeres naturales. Satanás gobernaba nuestra mente. Ahora que nuestro espíritu ha recibido la vida de Dios, nuestra mente debe ser renovada para que podamos conocer nuestros privilegios y responsabilidades como hijos de Dios.

El nuevo nacimiento es instantáneo, pero la renovación de nuestra mente es un proceso gradual. Su progreso depende del tiempo que pasemos estudiando y meditando la Palabra de Dios.

Durante este periodo, necesitamos la intercesión de Cristo.

A menudo, rompemos nuestra comunión con el Padre haciendo cosas que a Él no le agradan. En esas ocasiones, necesitamos la intercesión de Cristo debido a la persecución demoniaca que lucha contra nosotros.

Los demonios nos persiguen por causa de la justicia. Ellos nos odian y nos temen porque Dios nos ha declarado justos. Debido a que no hemos entendido del todo nuestra autoridad en Cristo, esos demonios pueden hacernos tropezar. A pesar de esto, Jesús “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. (Romanos 8:33–34)

Nadie puede acusar a un hijo de Dios, porque hemos sido declarados justos. Nadie puede condenarnos. Jesús vive para interceder por nosotros.

Jesús, el Abogado

Acudimos al Padre a través de Cristo, nuestro Mediador.

Hemos sentido la dulce influencia de Cristo el Intercesor por nosotros.

Ahora, también debemos conocerle como nuestro Abogado ante el Padre.

Muchos cristianos que viven con una relación rota con Dios podrían vivir vidas victoriosas en Cristo hoy mismo si tan sólo supieran que Jesús es su Abogado.

Debido a nuestras mentes no renovadas y a la persecución satánica, a veces pecamos, haciendo que nuestra relación con el Padre se rompa. Cada hijo de Dios que rompe su comunión con el Padre queda bajo condenación. Si no tuviera abogado que presentara su caso ante el Padre, quedaría en una triste y lamentable situación.

Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. (1 Juan 2:1)

Piense en el significado de la palabra “abogado”. En el diccionario se define como “alguien que presenta la causa de otro ante un tribunal o sala judicial… alguien que defiende o mantiene una causa o proposición… alguien que apoya o promueve los intereses de otro”.

Cristo es nuestro Defensor, nuestro Promotor. Él siempre está ahí, a la diestra de Dios, listo para ayudarnos e interceder por nosotros.

Si confesamos nuestros pecados, el es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.(1 Juan 1:9)

Este es el método de Dios para mantener nuestra comunión con Él. Si nuestra comunión se rompe debido a nuestro pecado, podemos renovar esa comunión confesando nuestro pecado. Jesús no puede actuar como nuestro Abogado a menos que confesemos nuestros pecados. Cuando los confesamos, Él defiende nuestro caso ante el Padre.

La Palabra declara que cuando confesamos nuestros pecados, Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Él los borra como si nunca hubieran estado ahí.

Ningún cristiano debería permanecer en una comunión rota durante más tiempo que el necesario para pedir perdón.

Cuando el Padre perdona, olvida. Un hijo suyo nunca debería deshonrar su Palabra pensando una y otra vez en sus pecados.

Jesús, la Garantía

Jesús es nuestra fianza personal, o nuestra garantía. Este quizá sea el más vital de todos los ministerios de Jesús a la diestra del Padre.

Bajo el antiguo pacto, el sumo sacerdote era la garantía del hombre. Si fallaba, interrumpía la relación entre Dios e Israel. La sangre de la expiación perdía su eficacia.

Bajo el nuevo pacto, Jesús es el sumo sacerdote y la garantía del nuevo pacto. Nuestra posición ante el Padre es totalmente segura.

Durante todo el tiempo que pasemos ante el trono de Dios, sabemos que tenemos un Hombre a la diestra de Dios que está ahí para ayudarnos. Nos representa ante el Padre. Siempre tiene una buena posición con el Padre, siempre, independientemente de cuál sea nuestra posición. Tenemos alguien que nos representa ante el Padre.

Nuestra posición está segura.

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