El Pacto de Sangre – Capítulo 10


pacto de sangre 10

Capítulo 10

Un estudio de Hebreos

El libro de Hebreos presenta varios contrastes vitales.
Tenemos el contraste entre Moisés y Jesús; el de Aarón el sumo sacerdote y Jesús, el nuevo Sumo Sacerdote; y el contraste entre la sangre de los becerros y los machos cabríos con la sangre de Cristo.
No es sólo un contraste de sangre, sino, como mencioné en el capítulo anterior, es también un contraste entre dos tabernáculos: uno hecho por el hombre y otro que existe en el cielo. En este último tabernáculo, Jesús entra y se sienta como nuestro Sumo Sacerdote. Su hogar es el Lugar Santísimo celestial.

Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios. (Hebreos 9:24)

Bajo el antiguo pacto, el sumo sacerdote podía entrar en el Lugar Santísimo sólo una vez al año y podía estar tan sólo el tiempo suficiente para realizar la ofrenda de expiación. Los versículos 21–23 nos habla de cómo el sumo sacerdote limpiaba con sangre el tabernáculo y todos los vasos:

Y además de esto, roció también con la sangre el tabernáculo y todos los vasos del ministerio. Y casi todo es purificado, según la ley, con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión. Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos. (Hebreos 9:21–23)

Este es el clímax de todo. Esto nos permite ver el contraste entre cómo ve Dios la sangre de Cristo comparada con la sangre de los becerros y los machos cabríos. Cuando lleguemos a valorar la sangre de Cristo del mismo modo que Dios la valora, nunca cabrá en nuestra mente el problema de nuestra modesta posición ante un Dios santo.

El nuevo mediador

Bajo el antiguo pacto, la sangre de becerros y machos cabríos sólo servía para cubrir nuestra naturaleza pecaminosa, pero la sangre de Cristo “limpiará vuestras conciencias de obras muertas” (Hebreos 9:14), para que podamos estar en la presencia del Dios vivo libres de condenación.
Como Dios aceptó la sangre de Jesús cuando Él la llevó al Lugar Santísimo celestial, Jesús se ha convertido, mediante este hecho, en el mediador del nuevo pacto.

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. (1 Timoteo 2:5)

Sin un mediador, no hay ninguna base sobre la que el hombre pueda posicionarse ante un Dios santo. El hombre natural realmente es un fugitivo.
Efesios 2:12 describe esta triste condición como “sin esperanza y sin Dios en el mundo”.
Con el nuevo pacto, Jesús se convirtió en el mediador entre Dios y el hombre caído. La sangre de los becerros y los machos cabríos no eliminaba el pecado; simplemente cubría el pecado temporalmente. Pero cuando Cristo vino, redimió a todos los que habían puesto su confianza en esa sangre animal.

Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. (Hebreos 9:15)

Bajo el antiguo pacto, los sacrificios eran como un pagaré que Jesús más tarde haría efectivo en el Calvario. Cuando Dios envió a su Hijo a la tierra para hacerse pecado, estaba guardando su pacto con Israel al poner sobre Jesús todos los pecados cometidos bajo el antiguo pacto. Fue el plan de Dios que, al aceptar a Jesús como su Salvador, Israel pudiera entrar en su redención prometida.

Él quitó de en medio el pecado

Este es el corazón del libro de Hebreos. Bajo el antiguo pacto, el pecado era cubierto. La sangre que cubría en la expiación era la única vía disponible para los israelitas; pero bajo el nuevo pacto, los pecados no son cubiertos sino quitados de en medio; son remitidos. Es como si nunca hubieran estado.

Y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. (Hebreos 9:25–26)

La expresión “en la consumación de los siglos” también se podría expresar como “donde se juntan los dos mundos (o siglos)”. La cruz es donde terminó el antiguo método de estimaciones y donde comenzó el nuevo.
Lo que había entre el hombre y Dios era la transgresión de Adán. Jesús quitó eso de en medio.

Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él. (2 Corintios 5:21)

Jesús resolvió el problema del pecado e hizo posible que Dios remitiera legalmente todo los pecados que jamás hayamos cometido, nos diera vida eterna y nos hiciera nuevas criaturas.

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.(versículos 17– 18)

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Archivado bajo Biblia, Cristologia, Fe, gracia, jesus, kenyon, pacto de sangre

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