El Pacto de Sangre – Capítulo 9


pacto de sangre 9

Capítulo 9

Contraste entre los dos pactos

Echemos un vistazo a los dos grandes pactos de la Biblia: el pacto abrahámico, también conocido como el antiguo pacto, y el nuevo pacto.

El antiguo pacto era entre Abraham y Jehová y se selló con la circuncisión.

Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones. Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros. Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros… y estará mi pacto en vuestra carne por pacto perpetuo. Y el varón incircunciso, el que no hubiere circuncidado la carne de su prepucio, aquella persona será cortada de su pueblo; ha violado mi pacto. (Génesis 17:9–11, 13–14)

Este era el pacto abrahámico. La ley que después se entregó mediante Moisés se convirtió en el método por el que se administraba este pacto, con su establecimiento del sacerdocio, los sacrificios, las ceremonias y las ofrendas. En el instante en que se quebrantó la ley, Dios proveyó la expiación (o cobertura) para restablecer el acuerdo roto (véase Éxodo 24).

La palabra expiación no es una palabra del Nuevo Testamento; no aparece en el griego del Nuevo Testamento ¿Por qué? Mientras que la expiación solamente nos cubre, la sangre de Jesucristo nos limpia por completo. En otras palabras, el antiguo pacto sólo cubría el pecado; el nuevo pacto borra nuestro pecado.

El antiguo pacto no nos daba una comunión total con Dios sino sólo un tipo de comunión. A Israel le aportó protección y suplió sus necesidades físicas. Dios era el Sanador de Israel, su Protector y Proveedor. De igual modo, el antiguo pacto no ofrecía vida eterna o nuevo nacimiento. Era tan sólo una sombra. Los sacrificios del templo no podían hacer que el hombre fuera santo. Por tanto, el antiguo pacto sólo servía como la promesa de un nuevo y mejor pacto que un día llegaría.

Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. (Hebreos 10:1–2)

La sangre de los becerros y machos cabríos era incapaz de limpiar la conciencia de pecado del hombre.

Alabado sea Dios, que hay un sacrificio que limpia la conciencia de pecado para que el hombre pueda estar ante la presencia del Padre libre de condenación.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. (Romanos 5:1)

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. (Romanos 8:1)

Dios se convierte en nuestra justicia, o nuestra justificación, “a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús” (Romanos 3:26).

El ministro del santuario

El antiguo pacto fue sellado con la circuncisión, la sangre de Abraham.

Este nuevo pacto queda sellado con la sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios.

En el antiguo pacto, el sumo sacerdote entraba en un tabernáculo hecho por el hombre una vez al año para ofrecer sacrificios de sangre por los pecados de la nación. Si el sumo sacerdote no hacía sus tareas, el pueblo no tenía otra manera de llegar a Dios.

En el nuevo pacto tenemos un nuevo Sumo Sacerdote, Jesucristo, que nunca fallará a su pueblo. Él es el ministro del verdadero tabernáculo, el cual no construyeron manos de hombres sino el Señor mismo.

tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos… Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. (Hebreos 8:1, 6)

El sumo sacerdote del antiguo pacto era un mediador terrenal entre Israel y Jehová. Bajo el nuevo pacto, Jesús se convirtió en nuestro Mediador ante Dios, una función que exploraremos más en el siguiente capítulo.

 

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Archivado bajo Biblia, Cristologia, Fe, iglesia, kenyon, pacto de sangre

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